Víctimas de una víctima

La primera en sufrir las consecuencias de su exagerado victimismo fue su propia madre, que en el momento de dar a luz su pequeño cuerpecito, a punto estuvo de morir desangrada, al agarrarse su hija con tal fuerza a sus entrañas que fue necesario el uso del fórceps y la fortaleza de tres sanitarios para hacerla salir. Años después confesaría en uno de sus habituales ataques de victimismo que no quería salir, que no quería venir a este mundo sin sentido. En cierta ocasión, contando apenas siete años, cuando en compañía de su padre disfrutaba de una tranquila jornada de caza en la sierra madrileña, un oso pardo se les apareció de improviso sin dejarles margen de maniobra. Su padre se preparó para lo peor, pero ella, metiéndose en medio con la intención de que el oso la despachase antes, se puso a patalear y chillar con unos gritos tan estridentes e insoportables que el oso, sorprendido y visiblemente fuera de sí, puso pies en polvorosa y no paró hasta Madrid, donde pidió plaza en el zoo, dándosele una interinidad, pues la plaza fija estaba ya ocupada. Su padre contó tiempo después que hubiera jurado que en la cara de su hija había visto una mueca de desilusión ante la huída de la fiera.

Siendo una adolescente pasó por un momento delicadísimo al ser raptada por un asesino en serie que por aquel entonces había hecho acto de presencia por su barrio. A dicho asesino, un joven perturbado que se había propuesto emular a un ciempiés con las extremidades de sus víctimas, se le atribuían ya doce asesinatos y todo parecía que ella iba a ser la número trece. Pero sus chillidos y pataleos volvieron a hacer de nuevo un efecto devastador en su pobre captor, que para su desgracia, no solo la dejó libre sino que huyó doblemente trastornado al Tíbet, donde ingresó en un monasterio budista bajo grandes privaciones y la austeridad más espartana. Nunca más quiso que se supiera de él.

Se casó tardíamente con un auxiliar que trabajaba en el psiquiátrico, pero la convivencia se fue degradando hasta tal extremo que el loquero pasó de personal asistente a asistido en apenas tres años, regresando de nuevo y para desgracia de sus padres al domicilio familiar.

En la actualidad, dado su extraño “don”, que consiste en sacar de quicio a todo lo que se mueve o respira, trabaja para la policía como negociadora ante delincuentes muy peligrosos. Hasta la fecha cuenta sus intervenciones por victorias –o derrotas según se mire- pues sigue esperando encontrar al ser que la saque del mundo al que nunca debió haber venido.
 


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