Toda una vida por delante

Lleva tanto tiempo esperando este momento que la ansiedad, que poco a poco la va consumiendo, se hace cada vez más evidente. Presiente que hoy será su gran día y eso la mantiene en un continuo estado de agitación. Atrás quedan los duros meses fríos del invierno, con días grises y noches interminables, en los que la fina capa protectora que la cubre, apenas sí logra mantenerla viva con las constantes vitales reducidas a la mínima expresión. Ese frío invernal, que le calaría, de tenerlos, hasta los mismísimos huesos, se ha ido ya, y el sufrimiento queda lejos. No es momento para recordarlo ahora. No en este instante. No en este día.

Todas estas sensaciones pasan por su pequeña cabeza, mientras siente cómo su cuerpo va cambiando a velocidad de vértigo. Siente como sus extremidades, entumecidas por el frío en los meses pasados, van respondiendo a sus impulsos y tomando fuerza; esa fuerza que va a necesitar pronto, muy pronto -presiente- y que le va a permitir acometer lo que ha venido a hacer a este mundo; mejor dicho, a ése mundo de ahí afuera, puesto que todavía no disfruta de él.

Mientras se estira y despereza, su mente se empeña en mostrarle imágenes pasadas, imágenes que pudo captar a través de la fina pero cálida capa de su celda. Todavía le parece estar oyendo la respiración de los seres que esporádicamente pasaban a escasos centímetros de su morada. Unas veces tranquila y acompasada, producida por animalillos que salían a alimentarse en las tranquilas y serenas noches invernales. Otras jadeante y entrecortada. Recuerda perfectamente cómo los que producían esa forzada respiración, eran perseguidos en una alocada y angustiosa carrera, bajo una algarabía de sonidos ininteligibles y un estruendo ensordecedor. Detrás de estos ruidosos animales iban, también corriendo, seres extraños que nunca había visto, que se erguían sobre dos de sus extremidades y que portaban extraños artefactos que vomitaban fuego y producían un ruido parecido al de los relámpagos en las tenebrosas noches de tormenta. Jamás había visto nada parecido, pero es que tampoco había visto apenas nada. Tiempo después, esos mismos seres volvían sobre sus pasos llevando, al parecer sin vida, a aquéllos inofensivos animalillos que había visto correr despavoridos. Recuerdos amargos y confusos.

Pero no todos los recuerdos son de este tipo. También recuerda que en las plácidas mañanas de invierno cercanas a la primavera, cuando el sol empezaba a ejercer su beneficioso efecto embriagador y a templar el ambiente, los pajarillos, fieles a la cita, acudían y se dejaban ver, para, con sus armoniosos trinos, atraer a sus parejas y dejar que la naturaleza ejerciese su influencia. Recuerda también la delicada fragancia que desprenden las primeras flores que con el despertar de la primavera osan asomarse, y sobre las que las abejas, como queriendo monopolizarlas para sí, describen acrobáticos vuelos antes de posarse y llevar a cabo su ardua tarea.

Mientras piensa, el tiempo va transcurriendo sin darse cuenta. Sus miembros van cogiendo rigidez y comienzan a romper la delgada capa de su abrigo, que tan apartada la ha mantenido del rigor del invierno y que, cumplido su trabajo, se deshilacha y cae al vacío. Liberada de su atadura comienza a pensar con claridad. Ante sí vislumbra un hermoso campo lleno de flores bañado por los rayos del sol, ahora en el cenit de su apogeo, y los ojos se le llenan de lágrimas. Lagrimas que saben a tensa espera. Lagrimas de felicidad ¡Por fin! -querría gritar- ¡Mi gran día ha llegado!

Bajo la suave brisa del mediodía, las abejas se afanan en buscar las flores más vistosas y cargadas de polen. Los pájaros, implicados en sus juegos amorosos, parecen ignorar lo que ocurre a su alrededor. La mariposa alza el vuelo titubeante, insegura, y se posa en el primer brote que encuentra para reponerse del esfuerzo. Mira hacia un lado y hacia el otro, por si hubiese algún peligro acechando. Una vez que su integridad está asegurada y ante las exiguas veinticuatro horas que durará su vida, quiere exclamar a los cuatro vientos: “Tengo toda una vida por delante”.

 


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Re: Toda una vida por delante

Esta historia es un bello canto a la vida, casi tan bello como su protagonista. Yo , si me das tu permiso, lo dedicaría a todos aquellos que piensen que, como dice la canción, "20 años no es nada" , cuando en realidad 24 horas para otros es toda su vida..

Un abrazo.

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Re: Toda una vida por delante

Es muy bonito. Me has tenido intrigada, pensaba que era un árbol... y al final era una mariposa. A veces un instante es toda una eternidad. Me ha gustado mucho. Ojalá los hombres sensibles no escaseasen tanto. Un beso.

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Re: Toda una vida por delante

En efecto, Karmen, lo has captado perfectamente. Veinticuatro horas pueden dar mucho de sí si se saben vivir. Gracias por tu comentario.

Imagen de igancio

Re: Toda una vida por delante

De eso se trataba, Rebeca, de contar unha historia y mantener la intriga hasta el final. No es que haya pocos hombres sensibles, es que, aun hoy, a muchos nos cuesta reconocerlo. Ya sabes, reminiscencias del pasado, aunque creo que eso poco a poco va cambiando. Gracias por leerme.