Sumisión

Aquella persona extraña se metió de lleno en mi vida, sin avisar, y absorbió todo lo que en mí poco a poco fue descubriendo. No tenía más que interrogarme y yo, inocente, le contaba con pelos y señales todo lo que en mi interior había: los secretos más celosamente guardados, las intrigas, los anhelos y también las alegrías. Su voracidad no tenía límite y era tal que todas las noches, sin excepción, sentía sus ojos del color del océano clavados en mí, sin pestañear, hechizados, succionando mi esencia y mi identidad. A medida que pasaban los días notaba como me iba debilitando, como mi fortaleza iba decreciendo en la medida en que él se hacía cada vez más fuerte y más sabio, pues conocía todos mis secretos. Nada le podía ocultar. Si uno dice la verdad –decía Oscar Wilde- tarde o temprano será descubierto. Sentía, por otra parte, cómo sus manos se posaban y me recorrían sin que pudiese hacer nada para escapar a su férrea voluntad. Al cabo de algún tiempo me dejó y se olvidó por completo de mí. Me vi desnudo y sin nada que guardar. Pero, díganme ustedes ¿Qué otra cosa podría hacer un  libro?


Tags: