Salvatore (8ª parte)

Calculé que allí habría aproximadamente unas doscientas tumbas, bajo las cuales estaría un número bastante superior de seres. Eso explicaba en parte la existencia de Salvatore y el porqué de la desaparición de sus semejantes debido, previsiblemente, a la inaptabilidad a las condiciones climáticas o ambientales. Pero no explicaba cómo un espécimen de entre 10.000 y 20.000 años había logrado llegar hasta nuestros días. La isla estaba virgen y sin contaminar y no había en ella indicios de que seres humanos de especies actuales hubiesen pasado por ella. ¿Podía ser eso posible? A tenor de lo visto parecía que sí. En esta zona del planeta en la que hay infinidad de islas, muy bien pudiera darse el caso de que alguna, un tanto apartada de las rutas marítimas y por tanto, aislada, olvidada, pudiera permanecer durante todo este tiempo inexplorada y al margen de la contaminación y explotación. Esa espacie de homínidos, sin depredadores que les impidiesen reproducirse y prosperar, muy bien pudiera llegar hasta nuestros días libre de presión y ajena a la corriente evolutiva que se desarrollaba paralelamente. La teoría parecía increíble pero no cabía otra explicación.

Como si intuyese mis pensamientos, Salvatore se acercó y me hizo volver a la cruda realidad. Estaba ante mí y me miraba fijamente a los ojos, como buscando una explicación, una explicación que yo no estaba en condiciones de darle puesto que me parecía estar viviendo un sueño del que quería pero no podía despertar y que esos 20.000 años de evolución que mediaban entre uno y otro, no eran capaces de explicar semejante acontecimiento. Una lágrima corrió presurosa por mi mejilla como queriendo escapar de la cárcel a la que había sido sometida, como queriendo recuperar el protagonismo de dolorosos tiempos pasados. Salvatore, observándolo, acercó todo lo delicadamente de lo que era capaz uno de sus peludos dedos y la retuvo mirándola muy atento. Esa lágrima parecía ser la respuesta que estaba esperando pues se alejó de mí y se volvió a sentar delante de la tumba en la que con toda seguridad estaban sus seres queridos. Permaneció mirando fijamente a su dedo hasta que la lágrima se evaporó y luego fijó la mirada en el horizonte, permaneciendo en esta posición durante largo rato.

Salvatore no podía saberlo pero esa lágrima era demasiado compleja y significaba muchas cosas. Significaba pena, porque al verlo sentado delante de la tumba me vino a la memoria todo el sufrimiento que había padecido por la trágica desaparición de mi mujer, del cual me estaba desprendiendo poco a poco; significaba también soledad, por el vacío que su pérdida había dejado en mi vida; significaba impotencia, porque me veía recluido en una isla perdida en medio del océano con remotísimas posibilidades de volver a mi mundo y a mi época, cuando había tomado la firme determinación de recuperar a mi querida hija. Pero también significaba esperanza, puesto que esta situación me estaba brindando la posibilidad de conocer a un ser humano en estado puro, sin mezclas, un ser que se guía tan sólo de su instinto y al que todavía no han contaminado los miles de años de evolución y supuesto progreso.

La vida en la isla

Transcurrieron seis meses sin que hubiese ninguna novedad en lo que a un posible rescate se refiere. Seis largos meses que no menguaron la esperanza que tenía depositada en que, algún día, un navío pasaría por las inmediaciones de la isla y sería rescatado y llevado de nuevo a mi mundo que, dicho sea de paso, me atraía tan sólo por el reencuentro con mi hija. De haber estado ella aquí, no lo habría echado en absoluto. La vida en la isla era placentera y, al contrario de lo que pudiera parecer, confortable. Salvatore y yo habíamos congeniado de tal manera que nos repartíamos las tareas cotidianas de la forma más natural, y las que teníamos que hacer juntos, las llevábamos a cabo siempre alegremente y de buen humor, por muy duras que fuesen. Con el tiempo le fui enseñando a expresarse por medio de la lengua. Repetía las palabras que yo pacientemente le enseñaba una y otra vez hasta que entendía su significado y las añadía a su vocabulario. En estos seis meses su léxico llegó a ser tan extenso que le permitía mantener conmigo todo tipo de conversaciones. Esas conversaciones me hacían explotar, de vez en cuando, en alguna que otra carcajada, pues el empleo de los verbos en infinitivo, le hacía parecer uno de esos indios que salían en las películas de John Ford, tan desastrosamente doblados. Él aceptaba de buen grado esta inocente burla.

Nuestra alimentación se basaba básicamente en sabrosa fruta -muy nutritiva y abundante en toda la isla- bayas y tubérculos silvestres. También salíamos a cazar de vez en cuando pequeños mamíferos y reptiles, que convenientemente asados, daban el aporte proteínico que nuestro organismo necesitaba. Pero lo que más me gustaba era ir a pescar. Salvatore y sus semejantes habían llegado a inventar un método de pesca sumamente ingenioso y eficaz. En una parte de la isla donde se solían concentrar bastantes especies de peces, habían construido una especie de empalizada con troncos de madera dispuestos en forma de embudo, que se iba reduciendo hasta formar un largo canal que desembocaba a su vez en un estanque controlado, donde iban a parar los peces que caían en la trampa, conducidos por la gente que agitaba el agua con palos. Este método, aunque primitivo, era sumamente eficaz y nos permitía comer pescado toda la semana con tan sólo una jornada de pesca. Además, el estanque nos permitía conservar el pescado vivo y fresco, lo que, a falta de nevera, no dejaba de tener su mérito. Un día, mientras pescábamos, Salvatore me preguntó, para sorpresa mía, qué había más allá del horizonte, puesto que yo había venido de “allá”. Me resultó muy difícil responderle con un mínimo de credibilidad adecuada a su comprensión del mundo, el cual, por supuesto, desconocía por completo. Le conté que “más allá” del horizonte había muchas islas como esta y que la gente vivía de forma parecida a la nuestra. Evité contarle lo asombroso de su existencia y de la diferencia evolutiva que existía entre nosotros. Le conté también que en alguna isla había dejado a una hija, a la que esperaba volver a ver tan pronto como se me presentase la oportunidad. Salvatore se puso muy contento cuando me oyó hablar de mi familia. Es como si intuyese las diferencias existentes entre ambos y necesitase nexos de unión que nos acercasen y fundiesen. Y uno de los nexos más importantes era, por supuesto, la familia. Pero enseguida su cara se volvió triste y taciturna y se apartó para sumirse en profundos pensamientos y en su desaparecida familia. Supongo que también se le vino a la cabeza que tarde o temprano alguien pasaría por allí y que yo me iría, quedándose otra vez solo, sin familia y sin amigos.
 


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Re: Salvatore (8ª parte)

Javier, felicidades con el relato que continúa .... y espero que muchas partes más. Es curioso cómo la familia es un nexo de unión, aunque en algunos casos ... provoque justo el efecto contrario. En fín, que espero la publicación de esta novena parte ..... y más ... y más .... y más....
Un abrazote.

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Re: Salvatore (8ª parte)

Ja, ja, ja, Melip, me temo que ya no da más de sí. En la novena parte sabrás por que´.