Salvatore (6ª parte)

A mi primera experiencia con el agua, ya relatada, debo añadir una segunda que experimenté en plena adolescencia. Recién cumplidos los catorce años, un grupo de amigos organizamos una acampada para ir a pasar unos días en plena naturaleza y disfrutar del aire libre y de lo adecuadas que son este tipo de convivencias. Teníamos perfectamente claro que no debíamos establecernos cerca del cauce de los ríos y por ello montamos el campamento cerca de uno, pero a la suficiente distancia como para que en caso de urgencia no correr el menor peligro. Los dos primeros días transcurrieron con un tiempo espléndido y todos disfrutamos mucho del entorno y de las posibilidades que éste nos ofrecía. El tercer día amaneció gris y desapacible. En las noticias de la radio se estaba alertando de que una tormenta tropical se acercaba rápidamente y que traía consigo vientos fuertes y mucha agua. Éramos conscientes de que habíamos tomado todas las precauciones posibles, por lo que la noticia no nos importunó y tan sólo nos causó cierto fastidio por la contrariedad que suponía para el desarrollo de nuestros planes. Por otra parte, nuestras tiendas de campaña eran rígidas y resistentes y estaban fuertemente ancladas. No deberíamos tener ningún tipo de problema.A medida que el día avanzaba el viento crecía en intensidad y la lluvia hizo acto de presencia. Al principio, suavemente, aunque de forma continua, pero al cabo de aproximadamente una hora, una tremenda tormenta de agua y viento, acompañada de relámpagos y truenos, se nos vino materialmente encima. Llovía ahora con una inusitada intensidad por lo que decidimos meternos en las tiendas hasta que la tormenta amainase. El ruido del agua cayendo sobre las lonas de las tiendas era ensordecedor, aunque no mostrábamos la menor preocupación. Habíamos pasado otras veces por esto y en unos minutos, seguramente, la tormenta habría pasado y podríamos seguir disfrutando de nuestra estancia.

No ocurrió nada de eso. Muy al contrario. La lluvia no dejaba de caer y en muy poco tiempo observamos cómo el río fue creciendo sin parar, alimentado por la multitud de riachuelos que vertían sus aguas en él. En apenas una hora el cauce se salió de su curso y se extendió varios metros a ambas orillas, de manera que la gran distancia que habíamos estimado prudente en un principio, se vio notablemente reducida. Aun así, no corríamos peligro por el momento.

La siguiente media hora fue dramática y decisiva. Sin darnos cuenta habíamos montado las tiendas en una garganta que acababa en una depresión y que ahora, con el agua que estaba cayendo, hacía las veces de embudo y formaba un riachuelo y que crecía peligrosamente sin parar. Notamos como en un corto espacio de tiempo las tiendas fueron materialmente levantadas del suelo y el agua empezó a circular por debajo de ellas, aunque por el momento seguían fijas y fuertemente ancladas por las piquetas. No había tiempo que perder. Decidimos salir al exterior y, actuando de prisa, levantar el campamento y protegernos de la riada. No tuvimos tiempo pues una tremenda corriente barrió literalmente las tiendas llevándolas hacia el río, el cual había aumentado muchísimo su caudal en los últimos diez minutos. A duras penas pudimos asirnos a los árboles de alrededor mientras nuestras tiendas eran arrastradas depresión abajo camino del río. Mientras mirábamos como las engullía, un brazo salió de una de ellas. Se nos heló el corazón. Nos miramos unos a otros llenos de angustia para ver quien faltaba.

* * *

Me llevó a un rincón de la estancia, donde había muchos objetos colocados, aparentemente sin orden alguno. Cogió uno y me lo mostró. Lo examiné cuidadosamente identificando lo que a primera vista me pareció un colmillo. Un colmillo gigantesco y afilado. Se lo devolví pero me dio a entender que me lo quedara. Como vio que estaba confuso cogió el colmillo de mi mano y lo acercó a su boca, colocándolo de manera aproximada a cómo lo llevaría su propietario. Al mismo tiempo señaló un cráneo que había en el suelo y después me señalo a mí. El colmillo y el cráneo pertenecían a un jabalí. Después de darle algunas vueltas entendí lo que quería decirme: Había sido él el que había gritado en el momento en que el jabalí estaba a punto de atacarme. Ahora recuerdo sus ojos color avellana entre la espesura. Sin darme cuenta me eché a reír ruidosamente. Él se unió a mí mostrando unos terribles y ralos dientes negros y así pasamos un buen rato.

Volvió a decir que le siguiera. Salimos de la estancia y nos dirigimos hacia la antesala principal. Una vez allí me llevó por otra galería hacia otra sala. En ella reconocí restos de mi naufragio y otros restos que seguramente el mar había llevado hasta la isla y que él guardaba celosamente. Me mostró una navaja que yo tenía y que permanecía cerrada. Le hice gestos para que me la dejase. Extraje la hoja y se mostró muy sorprendido viendo los destellos anaranjados que el acero esparcía por la estancia y lo brillante que resultaba a las luces de la hoguera. Cogí un trozo de madera que había entre los objetos y empecé a cortar astillas con la navaja. Estaba muy afilada y la llevaba muy bien. Absorto y con los ojos muy abiertos me quitó bruscamente la navaja de la mano y empezó a cortar trozos de madera, riéndose cada vez más fuerte sin salir de su asombro. Le dije que se la quedara, que era suya y que se la había ganado, aunque no sé si me entendió. Mientras cortaba la madera le miré atentamente. De haberla visto, mi mirada reflejaría la profunda admiración y agradecimiento que le tenía. Sonreí también, contagiado por él. Tres veces me había salvado la vida este ser de apariencia primitiva. Tres veces en apenas tres días. Pensé que tenía que ponerle un nombre para dirigirme a él. Un nombre que le hiciera justicia. Le llamaría Salvatore.
 


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Re: Salvatore (6ª parte)

Felicidades Javier. Sigues manteniendo la intriga en la trama, bien llevada. Gracias.

Besotes.