Salvatore (5ª parte)

En la cuarta entrega nuestro protagonista es salvado de perecer ahogado. Al volver en sí, y sin poder creerlo, hace un sorprendente descubrimiento....No podía creer lo que estaba viendo. A unos dos metros de distancia, unos ojos castaños estaban fijos en mí y me miraban sin pestañear. Eran unos ojos grandes e inteligentes, tremendamente abiertos y vivarachos y que no paraban de observarme, al parecer, desconcertados. Imagino que la cara de sorpresa que debía tener yo en ese momento no debería ser muy distinta de la suya. Los grandes ojos estaban circundados por unos prominentes arcos supraorbitales, de los cuales nacían unas pobladísimas cejas. Sus pómulos, prominentes también, acababan en una férrea y robusta mandíbula que dejaba entrever unos grandísimos incisivos. Sus manos y sus pies eran desproporcionadamente grandes y estaban curtidos en extremo. Seguí mirándolo absorto, con la boca abierta, y vi que su cuerpo, totalmente desnudo, estaba cubierto con abundante vello, como si de un abrigo de piel se tratase. Intenté incorporarme del todo pero mi movimiento hizo que se alejase más y que se pusiese en guardia. Cogió lo que supuse sería una lanza y se preparó para defenderse. Con las manos en alto y procurando no asustarlo le indiqué que no tenía nada que temer y que no le haría el menor daño, aunque reí irónicamente para mis adentros pensando que ese ser, con sólo pretenderlo, podría destrozarme con sus manos desnudas en un abrir y cerrar de ojos. Intenté hablarle para ver si entendía mi idioma pero no contestó. Por sus gestos noté que prestaba mucha atención a lo que decía pero dudo mucho que me hubiese entendido. Creo que más bien le extrañaban los sonidos articulados que salían de mi garganta. Me fijé en sus ojos, pues me eran familiares y me parecía que los había visto en algún sitio, aunque no pude recordar donde. La tensión se mantuvo durante algunos minutos y poco a poco se relajó. Su actitud agresiva dio paso otra vez a la curiosidad. Me fui acercando poco a poco y comprobé que su estatura era un poco menor que la mía aunque su cuerpo era más ancho y más fuerte. Estaba ahora a apenas un metro de distancia y no parecía asustado. Me daba la impresión de que yo le era familiar, como si ya me conociese. Fuere como fuese acababa de salvarme la vida y estaba en deuda con él. Dio media vuelta y se fue caminando lentamente, volviéndose de vez en cuando para darme a entender que le siguiese. O al menos esa fue mi impresión.

La cueva

Le seguí, aunque a prudencial distancia. Iba delante, marcando el camino, y cada cierto tiempo se volvía para ver si todavía seguía ahí. Quizás estuviese pensando una tontería pero, viéndole, juraría que se trataba de un hombre de las cavernas, un espécimen del tipo Cro-Magnon o similar. Pero esto era sin duda imposible, puesto que esa especie habría aparecido en esta parte del planeta hace unos 30.000 años, siendo absorbida por otras variedades de nuestra especie más avanzadas. Lo que tenía absolutamente claro es que no se trataba de un ser de esta época. Era humano, eso sí, pero antropológicamente primitivo. Su cuerpo, visiblemente distinto del de los humanos actuales, era proporcionado, aunque con diferencias notorias. Su espalda, muy ancha y fornida, estaba cubierta por vello en casi toda su extensión. De sus hombros colgaban unos brazos más largos de lo habitual que le llegaban hasta cerca de las rodillas. Sus piernas, algo cortas, eran en contrapartida muy robustas y musculosas. Se paro. Esperó a que estuviese a su altura y señaló con los dedos una especie de sendero que seguí con la mirada. Después de recorrerlo con prudencia, pues era muy estrecho y escarpado, llegamos a una pequeña zona de arena plagada de conchas blancas como la nieve. En unos momentos recorrimos la zona de arena que la separaba de la orilla del mar y estuvimos ante una abertura natural abierta en plena roca; una abertura descomunal que daba paso a una especie de antesala de grandes dimensiones.

En medio de esta estancia ardía un fuego que iluminaba la cueva parcialmente, dejando las partes más alejadas en una penumbra mortecina. Aún así, una vez que mis ojos se acostumbraron a la tenue luz que la hoguera disipaba en esas zonas, divisé claramente unos corredores iluminados por la calida luz de otras hogueras. Seguramente ardían también fuegos en otras estancias no muy lejanas, y su resplandor llegaba claramente hasta donde estábamos nosotros. Tan asombrado estaba mirando lo que había a mí alrededor, que no advertí el momento en que se acercó a mí y con mucho cuidado posó su tremenda mano sobre mi hombro. Reaccioné con un sobresalto, aunque fingí aparentar tranquilidad. Él, por su parte, daba la impresión de que no se sentía intimidado y que me aceptaba sin reservas. El hecho de haberme traído hasta este sitio lo confirmaba. Alzó el brazo e hizo una seña para que le siguiese. Nos introdujimos por una de las galerías iluminadas y conforme nos adentrábamos la luz se hacía cada vez más viva. La galería nos llevó a otra antesala mucho menor que la de la entrada en la que ardía otro fuego, iluminando claramente toda la estancia. Las paredes estaban decoradas con unas excelentes pinturas de un vivísimo y espectacular colorido. Que yo supiese no había en las cuevas descubiertas hasta la fecha, ninguna que se le pudiese comparar ni de lejos. Abundaban también hornacinas horadadas posiblemente por los moradores, en las que se distinguían utensilios de las más diversas formas y tamaños. Varias lascas de cuarcita, afiladas como cuchillos, todo tipo de huesos, puntas de lanza y flecha, etc. Había también objetos ornamentales y vasijas que, aunque muy rudimentarias, daba la impresión de que cumplían perfectamente su función.

(Continuará...)


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