"Salvatore" (3ª parte)

En la segunda entrega, nuestro protagonista, en un primer recococimiento de la isla, se detiene a saciar su sed en un manantial de agua pura y cristalina. Un enorme jabalí le observa desafiante muy de cerca... El jabalí emitió un sonido agudo e inició la carrera dispuesto a arrojar al intruso de su territorio. En un abrir y cerrar de ojos estaría encima de mí destrozándome con sus afilados colmillos. Otro chillido, más agudo todavía, quedó flotando en el aire dominando la escena. El animal se detuvo bruscamente a escasos centímetros cuando yo ya me había echado hacia atrás y me protegía el rostro con los brazos. Miró había ambos lados desconcertado, como no sabiendo qué hacer. De repente dio media vuelta, cruzó de nuevo el estanque y desapareció entre la maleza seguido por sus pequeños. Me incorporé trabajosamente intentando buscar una explicación a lo sucedido. El aire era muy denso y el silencio total. Los cantos de los pájaros que hacía tan solo unos momentos sonaban por todos lados, habían cesado por completo. El sudor bajaba por mis mejillas concentrándose en la barbilla, de la que caía goteando sobre el pecho, empapando la camisa. Nada sucedió después. A través de la vegetación me pareció ver unos ojos grandes que me observaban. Fue tan sólo un segundo, luego desaparecieron. Como si nada hubiese sucedido y como si de una obra musical se tratase, la isla siguió con su habitual y monótona sinfonía.

Regresé turbado al lugar que había elegido para asentarme, dando vueltas a la cabeza sobre lo que podría haber asustado al jabalí, un animal que viéndose amenazado no retrocede ante nada. Dejé de momento mis pensamientos y me puse a la tarea de construir un techo provisional en el que guarnecerme, pues quedaban un par de horas de luz y quería tenerlo lista para el anochecer. Mientras trabajaba mi cabeza se fue a miles de kilómetros de donde yo estaba.

Después de la muerte de mi esposa mi vida dejó de tener sentido y me vi envuelto en una tremenda depresión que casi acaba conmigo. Todos los planes que tan cuidadosamente habíamos trazado se habían venido debajo de repente y no encontraba justificación para seguir viviendo. Los años que siguieron a su muerte fueron un continuo ir y venir de lugares de residencia y nuevos trabajos. Me pasaba las horas echado encima de la cama pensando en lo que podría haber sido mi vida de continuar ella todavía aquí y siempre acababa igual, ebrio y llorando desconsoladamente ante la mirada de impotencia de mi hija. Ella asistía muda a la autodestrucción que me había impuesto y se sentaba conmigo en silencio, con lágrimas en los ojos, cogiendo mi mano entre las suyas para hacerme ver que ella no se había ido, que estaba conmigo y que me necesitaba. Me cegué en mis desgracias y no supe darme cuenta de que me necesitaba tanto como yo necesitaba a su madre. Poco a poco fue alejándose de mí y la fui perdiendo. Han pasado trece años y en la actualidad vive con los padres de mi mujer. Quiso marcharse cuando cumplió trece años, incapaz de hacerme olvidar y de que le prestase la atención que durante esos años me demandaba. Inicié este viaje para pensar, para intentar encontrarme a mí mismo y para recuperar a mi hija. Y cuando más convencido estaba de que tenía que darle un giro a mi vida, me sucede esto ¿Debo tomarlo como otra prueba divina? ¿Acaso no había sufrido ya bastante?

Terminé el cobertizo poco antes del anochecer. Se trataba de una simple estructura hecha con ramas delgadas y enormes hojas que me permitiría resguardarme del sol y de la lluvia, aunque de nada serviría ante posibles tormentas o vientos fuertes. Me introduje en él y pude comprobar que en contra de lo que pudiera parecer dado su aspecto, era bastante confortable. Me dormí pensando en mi hija y me prometí que si salía vivo de aquí le recompensaría todos estos años de sufrimiento e indiferencia.

A la mañana siguiente, nada más asomar las primeras luces, me puse a fabricar unos recipientes con cocos con el fin de poder tener depósitos de agua a mano. Por mi exploración anterior calculaba que el riachuelo iría a desembocar a la derecha de la playa, no lejos de donde me encontraba. La playa tendría, así, a ojo, unos tres o cuatro kilómetros. Me preguntaba cómo había llegado hasta ella si en mi arribada no había visto nada que se le pareciera. Era un enigma que quería resolver pronto y para ello debería hacer un viaje a la otra parte de la isla. Encontré el riachuelo un poco más adelante y llené todos los depósitos que había llevado. Los enterraría al pie de una palmera y a la sombra, lejos del terrible sol, para mantenerlos frescos y echar mano de ellos en cuanto los necesitase.

Ya de regreso me dispuse a hacer ese viaje a la cara este de la isla, pues antes de procurarme un asentamiento fijo debería conocer perfectamente todos los rincones y posibilidades que me esta me ofrecía. El asentamiento debería estar establecido en un lugar en el que tuviese, aparte de protección de las inclemencias del tiempo, protección ante la fauna salvaje. También tendría que tener necesariamente agua y comida por sus inmediaciones. Me puse en camino inmediatamente tomando la precaución de llevar un par de cocos con agua por si en esa parte de la isla escaseaba. Por el camino fui cogiendo y comiendo diversas variedades de exquisita fruta, que de momento satisfacían mis necesidades alimentarias, pero sabía que esa dieta tendría que complementarla con otro tipo de alimentos que por lo que había visto no escaseaban. Pasé por el manantial donde el día anterior había tenido el percance con el jabalí y me refresqué un poco. La humedad era altísima, lo que hacía que cualquier esfuerzo, por pequeño que fuese, se convirtiese en una continua sudoración. El terreno se iba haciendo cada vez más rocoso y la vegetación, exuberante en el lugar de donde venía, comenzaba a ser más rala y escasa. La orografía, en continuado aunque leve ascenso, se hacía ahora mucho más patente y me costaba mucho trabajo avanzar. En aproximadamente un par de horas la temperatura bajó bruscamente y observe una ligera bruma instalada en lo que parecía el techo de la isla. Llegue exhausto a la cima. Me tomé unos minutos para tomar aliento, pues mi respiración se había acelerado mucho por el esfuerzo. Miré en dirección este pero me resultó imposible ver nada. A mi espalda, la cara oeste permanecía también oculta por la niebla. Me puse de pie y me dio la sensación de estar en el techo del mundo. A mis pies, un extenso manto blanco cubría totalmente la isla y solamente se difuminaba un poco en la confluencia con el horizonte. Me hubiese quedado allí lo que restaba de día, contemplando el extraordinario espectáculo que a mis sentidos se ofrecía, oyendo el silencio que allí reinaba. Contemplando la nada. Di un hondo suspiro y comencé a descender.

(Continuará...)


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Re: "Salvatore" (3ª parte)

Javier, felicidades. Qué riqueza de vocabulario y perfecta sintaxis. Además, la trama hace que se mantenga la intriga, párrafo a párrafo. Gracias.

Besotes.

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Re: "Salvatore" (3ª parte)

Estoy de acuerdo con Melip, Javier, utilzas literalmente "como te da la gana" el diccionario.. ¡BRAVO!...Me gusta sobre todo el final:

"" ..... oyendo el silencio que allí reinaba. Contemplando la nada......""

Espero la continuación...Un besito grande..