"Salvatore" (2ª parte)

En la primera entrega -recordaréis- el barco en el que viaja nuestro protagonista naufraga estrepitosamente. Después de mil y una peripécias avista una isla, a la que llega después de un accidentada entrada. "La isla"

Volví en mí sobre la arena dorada de una playa poco después de amanecer. El sol empezaba a calentar y no había señal alguna de que horas antes hubiese pasado un temporal por el lugar. No tenía ni idea del tiempo que había estado inconsciente y tampoco recordaba cómo había llegado hasta la playa. Contrariamente a lo que sería normal, no tenía ni hambre ni sed. Miré mis manos y las heridas producidas por las rocas estaban prácticamente secas, lo que demostraba que llevaban tiempo sin estar en contacto con el agua. Traté de levantarme pero la espalda me dio un pinchazo terrible, haciéndome exclamar un juramento y dibujar en el rostro una mueca de dolor. Con sumo cuidado me fui incorporando y empecé a mirar a mí alrededor para estudiar el lugar y la situación. Recordaba cómo había llegado, aunque tenía una laguna de memoria desde el momento en que la embarcación chocó y quedó destrozada por las rocas. Caminé hasta la orilla y divisé lo que desde mi posición parecía un trozo de madera. En efecto, al acercarme vi que se trataba de la tapa del tambucho del bote. Miré en todas direcciones y no vi ningún resto más; de hecho no observé ninguna señal de que hubiese restos de civilización, tan comunes en todas las playas del litoral. La playa estaba inmaculadamente limpia.

Lo que más urgía -decidí- era una rápida exploración de los alrededores para establecer, aunque fuese provisionalmente, cuál era la situación y a qué debía atenerme. Dejé la orilla de la playa y subí hacía la espesura de lo que parecía una exuberante vegetación. Tan exuberante y frondosa era que me era prácticamente imposible avanzar sin ser golpeado y magullado por ella. Tenía que protegerme continuamente con las ya muy maltrechas manos para no recibir golpes en el rostro. Después de andar trabajosamente por espacio de lo que me pareció una hora, divisé a lo lejos un promontorio desde el que, seguramente, se dominaría toda esta parte de la isla. Me dirigí hacia él.

De camino hacia el promontorio empecé a fijarme por primera vez en la flora y fauna del lugar. A buen seguro y en el supuesto de que la isla no estuviese habitada, me serían de gran ayuda para subsistir. Árboles de frutos tropicales que nunca antes había visto; grandes plantas con enormes tubérculos; palmeras,… parecían abundar mirase hacia dónde mirase. Un gran lagarto que pasaba del metro de longitud se cruzó en mi camino dándome un susto de muerte. Se me quedó mirando fijamente, desconcertado, como sopesando si lo que estaba delante de él era una presa o un depredador. Cuando me hubo estudiado dio media vuelta desconfiado y se marchó por donde había venido, no muy convencido de que pudiese ser su próxima cena. Llegué por fin al promontorio.

Me costó bastante trabajo llegar a la cima. El camino no era muy largo pero tenía una pendiente bastante pronunciada. Cuando llegué estaba empapado en sudor, lo que atrajo a multitud de mosquitos, que nublaban mi vista, se me metían en los ojos y se introducían en las fosas nasales. Tuve que protegerme con la camisa y hacer verdaderos esfuerzos para no salir corriendo. El espectáculo era sobrecogedor. Miré hacia el lugar de donde venía y pude comprobar que más allá de los extremos de la playa había acantilados con enorme altitud. Siguiendo la línea de la playa, la costa se perdía entre la bruma de partículas de agua creadas por el choque de las olas contra las rocas. Hacia el otro lado, otro tanto. A mis pies, una espesa vegetación cubría como un manto toda la superficie, un manto verde esmeralda del que surgían por todos lados ruidos producidos por multitud de aves que a falta de depredadores prosperan a sus anchas. En este momento tuve la certeza de que estaba sólo.

"Primer contacto con Salvatore"

Regresé a la playa por donde había venido, siguiendo el rastro que había dejado en la vegetación y que me era de gran ayuda para deshacer el camino. Por el momento era el único punto de referencia que tenía y mientras no explorase nuevos territorios me serviría de puesto base. Presté especial atención en localizar puntos húmedos donde pudiese encontrar agua. Afortunadamente y aunque hasta el momento no había tenido la oportunidad de localizarla, en la isla parecía no escasear, a juzgar por la cantidad de especies tropicales de plantas que abundaban y que sólo se desarrollan en sitios húmedos. Empezaba a oscurecer cuando estuve de vuelta. Mi preocupación ahora era procurarme un sitio donde pasar la noche, pues no sabía si en la isla había algún tipo de animal peligroso del cual me tuviera que guardar. La noche era cálida y serena y decidí pasarla en la playa, entre las escarpadas rocas, las cuales me proporcionaban un abrigo natural que me protegía del viento y a la vez un refugio inexpugnable para potenciales peligros.

La seguridad del lugar y su relativa comodidad me fueron sumiendo poco a poco en un profundo y denso sueño. Me encuentro en la sala de espera del hospital, consumido por los nervios y a la espera de que de un momento a otro salga el cirujano para darme noticias de mi mujer. Hace ya un par de horas que está dentro del quirófano. Está embarazada de ochos meses y ha tenido que ingresar ante los dolores de parto que le han sobrevenido. En una primera exploración su médico me ha dicho preocupado que el niño viene mal y que habrá que intentar colocarlo a su posición natural antes del alumbramiento. No sólo corre peligro el bebé sino también la madre. Los segundos se convierten en minutos y en los interminables minutos las manecillas del reloj se resisten a avanzar, como si supiesen que de un momento a otro alguien aparecerá por la puerta para dar la trágica noticia. Con cada ruido que se produce en derredor mi corazón sufre un vuelco y me veo levantándome presurosamente para, una vez comprobado que es una falsa alarma, volverme a sentar. Y vuelta a empezar. El cirujano sale por fin con la cara desencajada. Después de tres horas de lucha continuada por la vida la muerte ha triunfado y han tenido que optar por salvar al bebé. Me lo traen envuelto en una sábana, todavía con manchas del parto, ajeno al drama que se acaba de producir. En ese preciso momento rompemos los dos a llorar como contagiados por algo, aunque por diferentes motivos.

* * *

Los primeros rayos de sol de la mañana incidieron sobre mi rostro produciéndome un efecto reconfortante. Llevaba muchos días sin poder dormir tantas horas seguidas y me encontraba pleno de fuerza y ánimo, a pesar de que todavía estaba fresco en mi cabeza el terrible sueño de la noche pasada. Resultaba curioso, pero no recordaba la última vez que había comido e ingerido agua. En toda la jornada de ayer no me había acordado de esas necesidades pero ahora, veinticuatro horas después, era una necesidad apremiante. Me propuse ir a buscar agua e ir cogiendo, de paso, las frutas que se cruzasen en mi camino, que a juzgar por la caminata del día anterior, abundaban por todos los lados. Me puse en marcha de inmediato.

Llevaba ya un par de horas caminando. Por el camino había ido cogiendo frutas de las más variadas formas y colores. La espesa jungla parecía la paleta de un pintor; plena de matices, con colores vivos y saturados y de una pureza sin igual. Las frutas, variadas hasta lo inimaginable, desprendían aromas complejos y delicados, fragancias de olores ácidos y fuertes nunca antes inhaladas por mí. En seguida sacié el hambre y también la sed, pues muchas de ellas contenían importantes cantidades de agua ligeramente edulcorada, lo que proporcionaba un plus de energía a mis todavía maltrechos músculos. Divisé un claro entre la maleza y me dirigí hacia él. Una gran roca central de un blanco casi hiriente a mis ojos dominaba sobre otras más pequeñas y oscuras. De entre ellas salía un generoso caudal de agua que formaba una especie de estanque bajo las rocas y que serpenteaba hasta perderse en la espesura, camino del mar. Por el camino que llevaba parecía que tomaba dirección oeste para ir a desembocar a la playa. Me arrodillé para comprobar su pureza y aptitud. El agua estaba muy fresca y semejaba estar en condiciones excelentes para su consumo, aunque la única forma de saberlo era bebiéndola.

Mientras bebía oí un ruido sordo a mis espaldas, algo así como una rama que cruje o que se rompe. Miré en todas direcciones y no vi nada. Volví a centrarme en el agua y esta vez el ruido fue continuo y creciente. Levanté la cabeza. Al otro lado del estanque, un jabalí de considerable tamaño se había parado enfrente de mí y me miraba fijamente sin quitarme ojo. Detrás de él, como esperando recibir la orden de que no había peligro, tres o cuatro jabatos permanecían tensos y silenciosos. El animal respiraba cansinamente como si hubiese venido a la carrera y se mostraba sorprendido por verme en lo que parecía su abrevadero. Me quedé petrificado y no me atreví a mover un solo músculo, pues a escasos dos metros y por lo tenso que parecía el jabalí debía considerarme como una amenaza para su prole. Casi podía oler su aliento. Sus colmillos, de dimensiones desproporcionadas, le salían por debajo de la mandíbula como dos cimitarras. Esperé su ataque de un momento a otro.

(Continuará)
 


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