"Salvatore" (1ª parte)

El naufragio

La violenta explosión sacudió el barco de proa a popa. En apenas unos minutos el desconcierto reinaba ya entre la gente que, sorprendida, buscaba que alguien les informase de lo que estaba ocurriendo. Todavía bajo los efectos del shock que me había producido el fuerte estruendo, me dirigí hacia el puente de mando para buscar información. No me hizo falta. Por la megafonía del barco una voz estridente y afectada estaba pidiendo a la gente que se dirigirse a la cubierta principal a toda prisa. Cuando llegué, apenas unos minutos más tarde, oficiales de la tripulación estaban dando instrucciones para abandonar el barco. Al parecer -pude sonsacarle al sobrecargo del barco, no sin dificultad- una de las calderas había explotado por exceso de presión y había producido una enorme vía de agua de imposible reparación. Nos hundíamos a toda prisa. En poco más de media hora la tripulación llenó y arrió los botes salvavidas, los cuales se alejaron rápidamente del buque ante la inminencia del hundimiento. Yo, por causas que todavía hoy no logro explicar y pese a mi hidrofobia, subí a un bote sólo, sin ninguna compañía. Tal vez, y como si del capitán se tratase, por ser prácticamente el último en abandonar el barco y porque los pasajeros ya estaban todos acomodados en los demás botes. Una hora después de la explosión, la proa del barco desapareció lentamente entre las azules aguas camino de las profundidades, para no surgir nunca más.

Durante dos días permanecimos unidos por medio de cabos, para evitar así la dispersión o pérdida de algún bote. El agua y la comida por el momento no escaseaban, aunque el capitán ordenó su racionamiento. No sabíamos el tiempo que duraría la apurada situación.

Al amanecer del tercer día nos sorprendió una violenta tormenta. La noche anterior habíamos establecido contacto con un buque que navegaba por las cercanías. El buque, anotó nuestra posición y calculó que llegaría hasta nosotros en unas siete horas. La fuerza de la tormenta obligó al capitán a tomar la decisión de liberar los botes de las cuerdas que los unían, ante el peligro de naufragio de todos ellos. Vi cómo poco a poco me fui alejando de los demás sin poder hacer nada para remediarlo y cómo las olas, con su acompasado y rítmico vaivén, subían los botes hasta sus crestas y los bajaban hasta hacerlos desaparecer. El estómago me dio un vuelco y comencé a vomitar en el fondo del bote. En apenas diez minutos perdí contacto visual con todas las embarcaciones. El mundo se me vino encima.

La tormenta duró casi cuatro horas y cuando hubo pasado una tremenda calma dominó en todo el océano. No me preocupaban por el momento la comida y el agua, pues los botes habían sido provistos de provisiones para aproximadamente una semana.

Intenté pensar con claridad y me esforcé por establecer mi posición con la mayor precisión posible. En el momento de la explosión el barco navegaba por el pacífico occidental, en una demarcación que de seguro había anotado el barco que acudía en nuestro auxilio. Sin embargo, los tres días que llevábamos a la deriva, sumados a los fuertes vientos y corrientes que reinaban por estos lugares, nos habrían alejado, con toda seguridad, de la zona del naufragio. Me encontraba en algún lugar al norte de las Islas Solomon; al este de las Marianas y al oeste de Hawai. Podría estar en cualquier punto de un área de unos 20.000 kilómetros cuadrados. La perspectiva hizo que me derrumbara en el fondo del bote y que llorara desconsoladamente. Al poco me quedé dormido.

Desperté poco antes de que anocheciera. La tarde llegaba a su fin y el sol se estaba ocultando en el horizonte. Pude contemplar una de las puestas de sol más hermosas que haya visto jamás. De no ser por la situación en la que me encontraba, hubiese gozado mucho con esta imagen, pero mi cabeza, ocupada con otros pensamientos, no estaba para pararse a contemplar la hermosura. No sé el tiempo que transcurrió pero estuve como hipnotizado y con la mirada perdida hasta que la temperatura bajó bruscamente y el frío me devolvió a la realidad. Busqué en el tambucho de la embarcación y descubrí una manta, que afortunadamente no se había mojado con el agua caída de la tormenta y estaba seca. Me cubrí con ella y me senté en la proa, al abrigo de la fresca brisa que se había levantado. Debieron transcurrir horas que a mí me parecieron días. La calma era total y el silencio absoluto, tan sólo roto por el chapoteo de algún pez volador que de vez en cuando salía a la superficie y tras dar un largo salto iba a caer varios metros más adelante. Volví a quedarme dormido.

No me desperté hasta bien entrado el amanecer. Me estremecí al pensar en el sueño que había tenido y que por momentos me pareció tan real: Un animal gigantesco -posiblemente un pulpo o un calamar, aunque tenía la cabeza de un murciélago- me acechaba, sujetaba a la embarcación con sus largos y robustos tentáculos y me buscaba mordiendo con sus afilados dientes el fondo del bote. En el momento en que la bestia de mis sueños iba a atraparme con sus descomunales ventosas, volví en mí y rápidamente alejé esos oscuros pensamientos de mi cabeza. Tomé conciencia de nuevo de la situación.

Transcurrieron dos días más sin que hubiese apenas novedad. El mar seguía en calma y el sol se mostraba inmisericorde. En las horas centrales del día se hacía insufrible y tenía que protegerme con la manta, so pena de abrasarme. El calor era asfixiante. De vez en cuando me asomaba por la borda del bote a coger agua para refrescarme, pero en apenas unos minutos el sudor aparecía de nuevo. Esto era particularmente inquietante, pues me hacía perder agua continuamente y necesitaba beber con más asiduidad. Pero prefería pasar un poco de sed que ser quemado implacablemente por el sol. Esa noche tuve ocasión de contemplar un espectáculo asombroso. Al anochecer, millones de calamares se acercaron a la superficie seguramente para reproducirse. Sus cuerpos desprendían una tenue luz fosforescente y cuando pasé por encima de lo que parecía un manto iluminado, me dio la impresión de estar contemplando la gran ciudad desde las alturas. París desde la torre Eiffel.

Los víveres estaban prácticamente agotados y el agua, a pesar de beber tan sólo lo imprescindible, también. Calculé que me quedaría agua para un par de días si no hacía excesos y si el calor de las horas centrales del día no me hacía beber más de lo deseable. Recé porque el tiempo diera un vuelco y que una borrasca me diese un respiro, aún a pesar del peligro que esto suponía. No sé si fue debido a mis plegarias o si fue casualidad, pero al atardecer unas nubes bastante negras aparecieron por el horizonte.

La tormenta no me cogió desprevenido. A medida que me introducía en ella, las nubes se hacían más densas, el viento más fuerte y la lluvia más intensa. Puse en el fondo de la embarcación unos recipientes vacíos procedentes de los víveres. Con unos plásticos logré confeccionar una especie de superficie terminada en un embudo y embocada en los cuencos, cuya finalidad era captar la mayor cantidad de agua posible. La lluvia era ahora muy intensa y aproveché para aliviar la tremenda sed que mi exigua ración diaria no saciaba. El viento iba en aumento y las olas que se formaban empezaban a ser preocupantes. Me puse el chaleco salvavidas preparándome para lo peor.

El viento se estabilizó y todo quedó en una fuerte borrasca, aunque pasada por mucha agua. Desde que empezó a soplar con cierta intensidad me acurruqué en el fondo del bote para evitar sorpresas. Pasé un cabo por la cintura y lo até a una de las bancadas para evitar que un desafortunado golpe de mar me separase de la embarcación, con lo que estaría irremediablemente perdido. Por suerte nada de esto ocurrió. La borrasca se fue como había venido: sin previo aviso y sin ruido. Todavía eran evidentes sus efectos cuando oí un sonido que resultó familiar a mis oídos. En un principio creí que se debía a un crujido de las maderas del bote, pero se volvió a repetir. Esta vez fijé más mi atención. Alcé la vista al cielo y vi como un cormorán dibujaba su silueta a prudencial altura, contrastando su oscuro plumaje con el gris plomizo de las nubes que se alejaban. No podía significar otra cosa que en algún lugar próximo a donde me encontraba había tierra firme.

Tardé algo así como dos horas en divisar el primer vestigio de que, como me había anunciado el ave, estaba próximo a tierra. A pesar de la distancia que mediaba me dio la impresión de que se trataba de una isla, aunque de considerables proporciones. La corriente y las olas -todavía considerables- me arrastraban directamente hacia ella. En poco más de dos horas, si el viento no cambiaba, llegaría hasta sus proximidades. La primera hora la pasé presa de un nerviosismo y de una ansiedad terribles. Recé para que el viento siguiera soplando en la dirección e intensidad en que lo había estado haciendo hasta ahora, aunque sabía que una vez llegado a las inmediaciones sería peligroso acercarse, salvo que arribase a una playa. Ahora me encontraba a unas dos millas y distinguía claramente la costa. No veía ninguna playa ni zona por donde intentar la arribada, lo que empezó a preocuparme, pues podía ver con toda claridad cómo las olas rompían contra las afiladas y erosionadas rocas, levantando nubes de espuma que teñían de blanco los abruptos acantilados.

Estaba ahora a apenas cincuenta metros de la costa y el viento seguía soplando con mucha fuerza. La dirección que seguía me llevaba hacia un arrecife con multitud de rocas que, a juzgar por su aspecto, parecían estar afiladas como cuchillos. No tenía a bordo ningún remo, bichero o artilugio que me permitiese esquivar las rocas o alterar el rumbo que llevaba el bote, por lo que dejé mi suerte en manos de la providencia divina. Cuando llegué a la altura de las primeras rocas ajusté bien mi chaleco salvavidas, me agarré todo lo fuerte que pude y esperé a que se produjeran los impactos, que, tarde o temprano iban a llegar. La embarcación paso rozando las primeras rocas. Con la ayuda de las manos procuraba alejarla del fatídico golpe, pero venía con tanta fuerza que en varias ocasiones me cortaron la piel y empecé a sangrar abundantemente. Una ola tremenda me llevó sobre su cresta y me fue a estrellar contra un grupo de rocas plagadas de crustáceos. El tremendo golpe rompió el bote en mil pedazos y yo sobrevolé las rocas por encima para ir a caer sobre un lecho de algas que afortunadamente amortiguó el golpe. Perdí el conocimiento.

(Continuará)

N.a. Esta ha sido la primera parte del relato que, debido a su larga extensión, tiene que ser publicado por entregas. Estas entregas saldrán con una periodicidad semanal, que puede variar ligeramente debido a la carga de trabajo y/o oportunidad de publicarlo que tenga la administración en ese momento.

Os espero la semana que viene con la segunda entrega.
 


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Comentarios :

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Re: "Salvatore" (1ª parte)

Genial, javier...el escenario, el mar, que me apasiona...y el comienzo del relato...prometedor.. Pues aquí seguiremos...

Un abrazo!

Imagen de Melip

Re: "Salvatore" (1ª parte)

Pues una vez finalizada de leer la primera parte, debe de venir la segunda que será igualmente interesante, si no lo es más!. Feliciades Javier. Y gracias y besotes.

Imagen de igancio

Re: "Salvatore" (1ª parte)

La segunda parte ya ha sido enviada, concretamente este domingo pasado. Ahora hay que esperar a que sea publicada. Espero que no se retrase mucho y salga pronto.