Rutina Muerta

Hace algo de tiempo en un lugar de nombre Jalos, hubo un señor llamado Ignacio, vivió ahí toda su infancia y creció con un corazón muy mexicano. Amante de Jalos y sus mujeres formó una familia y les entregó el corazón. Su señora, Altagracia, quién había estado algo como dos décadas a su lado, murió a causa de una enfermedad desconocida en ese tiempo. Sus hijos, ocho por especificar, poco a poco lo dejaron solo.

Y él, en una casa donde el eco de los pasos hacen aturdir los oídos, donde las únicas aves que visitan sus jardines son de rapiña y la humedad y el olor a muerte son más fuerte que cualquier perfume: muere lentamente.

Alrededor de dos veces por semana el cura lo visita y charla con él de la vida, tratando de darle paz y guiándolo en su misión.

Cada día que pasa Don Ignacio extraña los días donde él y su familia pasaban un rato, jugando en la sala, escuchando las melodías que su hijo el mayor componía en su piano. Más ahora solo queda el recuerdo y el chillado eco que lo hace llorar.

De vez en cuando para despejarse sale a pasear por la plaza, e inspirarse oyendo el volar de las palomas que aún se alimentan del maíz que la gente les regala. Al regreso a su casa toma la armónica y la hace pasar por sus resecos labios mientras compone balses que los muros distorsionan.

Cada noche piensa en cuando llegará su hora de ser feliz mereciéndolo o infeliz sin merecerlo. Luego queda profundamente dormido y sueña con sus hijos gritando: -¡Papá, papá!-.

Al día siguiente amanece tendido en su cama, muerto. Con gusanos comiendo sus partes y espera la tarde para volver a escuchar a su hijo.

Este cuento, lo escribi en el taller de literatura de la casa de la cultura, por aca en Jalostotitlán, Mexico.


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