Paseaba I

Paseaba deambulando tranquilamente por Sultanamet. Llebaba dos días en Estambul, pero como no era la primera vez que recorría estas calles, se movía sin mucho entusiasmo, observando el panorama que ofrecía la gente que se cruzaba con él. Le resultaba de lo más curioso ver que la mayoría vistiera y pareciera comportarse de manera europea y sin embargo arrastraran bajo sus pies la pesada carga del musulman que llevaban dentro, era algo que se podía ver, sentir y casi respirar. En su interior no hacía más que repetirse “no me extraña que no entren en la UE, les queda mucho camino por recorrer”. Se iba deteniendo en los escaparates sin prestar atención a lo que se vendía, pues no tenía intención de pasarse la tarde comprando absurdos regalos que no le apetecían ni a él ni, posiblemente, a la persona a la que se los regalara. Ensimismado como estaba con sus elucubraciones, sin darse cuenta, se detuvo ante una zapatería y se quedó mirando a una mujer que se calzaba un zapato rojo en su pie derecho y uno, de similares características, de color anaranjado en su pie izquierdo. Ella se movía de un lado a otro de la tienda mirándose los pies y observándolos en un espejo, sin atreverse a decidirse por el uno o el otro. De pronto alzó la vista y le miró. Con un gesto gracioso, dirigiéndose a él, le preguntó que cual le gustaba más. Ël sonriendo le indicó el rojo y ella sin pensarlo más se decidió por él. Se quedaron mirándose y sonriéndose los dos. Ella era bastante alta, delgada, rubia y, desde la distancia que los separaba, parecía tener los ojos azules, cosa que, en principio, le sorprendía un poco, dado el lugar en el que se encontraba no lo veía muy normal. Se quedó paralizado en el escaparate hasta que ella salió y sonriendo abiertamente le dijo “gracias”. “de nada” contestó él. Y se echaron a reir al darse cuenta que ambos eran españoles.
Comenzaron a andar y a contarse sus desventuras por aquellas tierras. Él estaba allí por cuestiones laborales y ella disfrutando de unas merecidas vacaciones, lejos de su marido y de sus hijos, para meditar sobre el impulso que debía imprimir a su vida en el futuro, pues las cosas no parecían ir todo lo bien que deberían. Sin darse cuenta se pasaron toda la tarde caminado y contándose historietas de esto y lo otro, luego cenaron juntos y después la consabida pregunta de él, “¿Dónde te alojas?”. “En el Kastanoik”. ¡No puede ser! . Si, ¿porqué?. Yo también. Se miraron y sonrieron.
Se dirigieron caminando hasta el hotel, entraron. Se detuvieron frente al ascensor y, una vez dentro, él preguntó “¿Que planta?. Cuarta. Pulsó el botón y al girarse, se encontró con los ojos de ella, se abrazaron con una pasión desenfrenada y las manos de él alzaron la falda y se introdujeron por debajo de su tanga y se aferraron a sus nalgas, con energía y frenesí. Ella introdujo la mano por su pantalón y tomó su pene apasionadamente hasta que de repente el ascensor se detuvo y se quedaron ambos paralizados temiendo ser observados en aquella situación. No fue así. Nadie se encontraba en el pasillo. Se movieron con rapidez hasta la habitación y una vez allí, sin darse tiempo a respirar se desnudaron el uno al otro y se revolcaron en la cama; se movían de un lado a otro, se restregaban, se abrazaban, se acariciaban y besaban. La pasión les absorbía, se devoraban las entrepiernas, se chupaban, se comían y, finalmente, se unieron en una penetración profunda a la que siguió una eyaculación brutal que les hizo compartir el mejor de sus orgasmos.
Extenuados, quedaron tendidos en la cama, mirándose el uno al otro. Más tarde, ella se puso de pie, sin decir ni una palabra le tendió su ropa. Ël se incorporó, se vistió y se dirigió a la puerta, la abrió y al tiempo de cerrar la oyó decir “mañana, a la misma hora, iré a descambiar los zapatos”. Él sonrió y lentamente se marchó a su habitación.
 


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Re: Paseaba I

Muy interesante Kiko, y excelente la descripción, parece que estés allí, ¿continuará?. Me encantan los zapatos rojos.