"El hortelano y el topo"

Cuentan las gentes del lugar una curiosa y reveladora historia de un solitario hortelano, ya retirado, que se pasaba los días cultivando su huerta. Trabajaba de sol a sol y en las abrasadoras e interminables jornadas del verano, cuando un sol de justicia caía implacablemente sobre sus tierras, solía vérsele con su sombrero de paja calado hasta las cejas, tirando de azada y limpiando cuidadosamente las malas hierbas que con tanta frecuencia aparecían y afeaban sus cultivos. Porque, eso sí, sus huertas eran las más productivas y cuidadas de la región y más parecían destinadas a una exposición que al cultivo de hortalizas.
* * *

Cierto día, cuando las primeras luces del alba apenas habían hecho su aparición, un juramento rompió la tranquilidad del lugar. La razón de tal proceder se debía a que en sus cultivos habían aparecido signos evidentes de que un topo se había paseado por sus tierras y él sabía perfectamente lo que esto significaba: Que había llegado para quedarse.

Se mostró contrariado y sorprendido, aunque no se desanimó por ello. Era un hombre luchador y obstinado y si ese indeseable animalejo quería guerra, la tendría. Vaya si la tendría.

Se fue corriendo al pueblo para proveerse de todo tipo de artilugios y remedios para plantarle cara, aunque antes arregló y marcó los sitios por donde había hecho acto de presencia. El orden y la pulcritud ante todo. En la tienda compró topicida, trampas, cuerda para hacer lazos, una garrafa de gasolina y bolitas de naftalina -pues sabía perfectamente que los topos escapaban de los olores fuertes-, amén de otros remedios que la gente empleaba frecuentemente con más o menos éxito. El sol se ponía cuando regresó a su casa, por lo que decidió dejar el inicio de las hostilidades para el día siguiente.

Se levantó poco antes de amanecer cansado y dolido. No había dormido prácticamente nada pensando, nervioso, en cómo plantear la batalla. Era consciente de la dificultad que suponía el tener éxito ya que los topos son animales muy listos a los que la gente supone erróneamente ciegos y que poseen un oído extremadamente fino que ante el menor ruido desaparecen. Puso en marcha el tractor, cargó en él su inseparable botijo de agua así como todo lo que había comprado en la tienda y se dirigió a su huerta. Cuando llegó el panorama era desolador. Poco acostumbrado al desorden, el terreno aparecía prácticamente sembrado de montículos de tierra por todas partes. Lanzó un hondo suspiro, apagó el motor del tractor y descargó el material. Se puso de inmediato a la labor.

A media mañana había tapado de nuevo todos los agujeros que el topo había abierto durante la noche, no sin antes introducir topicida en ellos. El terreno se mostraba ahora como a él le gustaba y presumía de tenerlo. Dejó tan sólo uno sin tapar y en él introdujo un trapo impregnado en gasolina. Comió un bocadillo sentado a la ligera sombra de un olivo mientras su vista se paseaba despistada por toda la huerta, como queriendo localizar a su inoportuno huésped. Regó unas hortalizas, dio unos retoques por aquí y por allá y cuando acabó, la tarde llegaba a su fin. Se dirigió hacia el tractor y puso rumbo a su casa.

Tampoco durmió mucho esa noche. Soñó con miles de topos que se paseaban por su huerta y que él los perseguía escopeta en mano, dando tiros por doquier sin que éstos llegasen a alcanzarles, mientras los topos se reían y carcajeaban de él. Despertó sobresaltado y empapado en sudor.

Cuando llegó a la huerta el espectáculo era semejante al del día anterior y toda la superficie aparecía plagada de galerías que acababan en montoncitos de tierra y que dejaban al aire parte de las hortalizas que el bueno del hortelano tenía plantadas. Emitió un juramento para sus adentros, maldiciendo al tendero que le había asegurado que esos remedios eran infalibles y decidió montar la trampa y distribuir las bolitas de naftalina para ver qué efecto producían. Pero todo fue en vano pues el topo seguía paseándose a sus anchas y ninguno de los remedios parecía adecuado para cazarlo o por lo menos asustarlo. Harto de tanta pérdida de tiempo, tomó la decisión de plantarle cara a la antigua usanza: Iría a casa y montaría guardia toda la noche con la escopeta preparada.

La noche era placentera y calurosa y los árboles, iluminados por la luna llena reinante, producían sobre la tierra densas sombras irreales y fantasmagóricas. Sentado bajo el olivo que otras veces le sirviera de sombra para comer, el hortelano divisaba en el más absoluto de los silencios toda la huerta, esperando de un momento a otro que su enemigo apareciese, darle un tiro y regresar a casa para descansar.

No apareció hasta pasada la media noche. A apenas diez metros de él y cuando ya empezaba a dormirse, la tierra empezó a moverse y un ligero sonido producido por las garras del topo escarbando en la tierra llegó a sus oídos. Se incorporó en la silla y permaneció atento con todos sus sentidos al acecho, preparando la escopeta para, en el momento en que saliera, soltarle el tiro y acabar de una vez. Pero el topo no salió. Se limitó a irse y seguir excavando galerías por otros sitios.
Llevaba más de dos horas observando cómo el topo se movía libremente por su huerta ajeno al peligro, cuando llegó a la conclusión de que la escopeta no le iba a servir de mucho, pues el animal no llegaba a salir a la superficie y el tiro de seguro no le alcanzaría. Le vino a la cabeza uno de los recursos que empleaban los agricultores y que si bien no era de los más efectivos, sí era el único que le quedaba. Fue hasta el tractor, cogió la azada más grande que encontró y se puso a montar guardia de nuevo.

Esta vez el topo salió de frente, a escasos dos metros de donde él se encontraba, por lo que no tuvo siquiera que moverse para montar su estrategia. El animal venía cara a él y al escarbar con sus uñas, la tierra volaba por los aires amontonándose en el habitual montoncito. Levantó la azada y esperó a que estuviese afuera para dar el golpe definitivo. El topo asomó la cabeza y miró en derredor, olfateando y como buscando algo o a alguien. La azada cayó a sus espaldas cortándole la retirada y cuando quiso volver sobre sus pasos ya era demasiado tarde. Estaba a merced del hortelano.

Con el topo metido en una jaula el feliz cazador se encaminó hasta el tractor para dirigirse a su casa, no sin antes consultar el reloj y comprobar que eran cerca de las tres de la madrugada. Ya decidiría qué hacer con el topo. Puso el contacto y accionó la llave. El potente motor rugió perezoso, como molesto y sorprendido por la hora a la que se le molestaba y en un instante el vehículo emprendió la marcha. Las luces de los faros y de la luna no fueron suficientes para ver un desnivel que de haberlo vadeado como correspondía, no hubiera sucedido nada. El caso es que el tractor tomó la pendiente con una de sus ruedas, permaneciendo la otra abajo. Volcó. El hortelano vio como el tractor se le vino materialmente encima notando de inmediato una presión asfixiante en el pecho y un crujido como si se le hubieran roto todos los huesos. No perdió el conocimiento y en un instante fue consciente de la apurada situación en la que se encontraba. Reflexionó: “Estoy atrapado y sin ayuda no podré salir, pues una de las ruedas me impide moverme. Posiblemente tenga varias costillas rotas, como mal menor, y noto humedad en una de las piernas. Seguro que estoy sangrando abundantemente. Nadie pasará por aquí hasta bien entrada la mañana por lo que cuando me descubran será demasiado tarde y ya habré muerto”.

Sabía que no podía hacer absolutamente nada por lo que se resignó a su suerte. Apoyó la cabeza en la tierra y se dispuso a esperar. Fue en ese momento cuando se fijó en la jaula, que estaba prácticamente pegada a su cara. El topo le miraba fijamente con sus minúsculos y casi imperceptibles ojillos, como queriéndole decir algo. Había algo extraño en su mirada, algo que no sabría explicar, pero que interpretó como que el animal le pedía clemencia, que lo dejara libre. “Qué tonto soy -pensó- ni en estos momentos difíciles soy capaz de pensar con sensatez…” ¡Un animal queriéndose comunicar conmigo! Desechó estos pensamientos y abrió la puerta de la jaula dejando libre al topo “No tenemos por qué morir los dos. Has sido un digno rival y me has ganado limpiamente. Vete. El topo salió de la jaula tranquilamente y se le quedó mirando por espacio de unos segundos. Luego corrió todo lo de prisa que sus patas eran capaces de llevarlo y desapareció.

Transcurrió una media hora y el hortelano empezó a mostrar los primeros síntomas de que su sangre, su fluido vital, le abandonaba y de que pronto entraría en un estado de somnolencia que le conduciría irremisiblemente a un sueño más profundo; a un sueño eterno. Soñó -o le pareció soñar, no sabría distinguir- otra vez con multitud de topos que se paseaban a sus anchas por las inmediaciones del lugar. Iban y venían presurosamente, salían y entraban en agujeros hechos presurosamente, como si alguien les metiese prisa. Sabían -estaba seguro que así era- que en su situación y estado nada podría hacer por perseguirlos e importunarlos. Pero algo no le cuadraba al hortelano. Los topos esta vez no se reían.

En apenas diez minutos soñó ¿o no era un sueño? que su espalda y sus piernas se hundían y que la presión de la rueda sobre su pecho era por momentos menos agobiante. Intentó moverse temiendo su columna dañada y que sus miembros estuviesen paralizados. Por fortuna no fue así. Sus piernas obedecieron y aunque con mucho trabajo logró salir y escapar de lo que parecía su tumba. ¿Qué había sucedido? ¿Cuál era la razón de verse liberado? El pecho le dolía tremendamente y cada movimiento que hacía le dibujaba en el rostro una mueca de dolor. Bajó la vista hacia su pierna y comprobó que tenía una herida en el muslo que, aunque no parecía importante, sangraba abundantemente. Tenía que darse prisa.

La casa más cercana estaba a cierta distancia y a ella se dirigió el hortelano, no sin antes dirigir una última mirada al lugar. El topo con el que había peleado y que había capturado primero y liberado después, estaba a sus pies, mirándole atentamente. Si le dijesen que los animales son capaces de sentir y de transmitir emociones juraría que el topo se estaba riendo.

* * *

Cuentan las gentes del lugar que desde aquel día el hortelano acude cada día puntualmente a cuidar de sus tierras y que se le oye hablar y reír sólo, sin que haya nadie por las cercanías. Cuentan también que una gran parte de sus tierras están sin cultivar, llenas de montoncitos de tierra y que en las fincas colindantes donde antes solían abundar los topos, ya no hay nada. Y cuentan, para finalizar, que el hortelano habla con un animal; un animal del que dicen que es su mejor amigo y al que todos llaman “el topo del hortelano”.
 


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Re: "El hortelano y el topo"

Que relato tan bonito, ¡es toda una fábula!..La moraleja: ser bondadoso siempre acaba teniendo su recompensa..Un abrazo

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Re: "El hortelano y el topo"

Lamento de veras no haberlo leído antes. Es como bien dice Karmen una fábula. Pero ....... quienes tenemos animales en casa creo que podemos asegurar que ellos nos hablan, ya lo creo que nos hablan. Por otro lado, deberíamos dejar que la naturaleza siguiera su curso. Pienso que a menudo hacermos una a nuestro gusto y medida que posiblemente no será del mismo para generaciones venideras. Gracias Javier. Besotes.

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Re: "El hortelano y el topo"

Me estaba impacientando por conocer esa nueva historia. El retraso en su publicación seguro que se deberá a la ausencia de Roberto. Estoy a la espera.

Besotes.

P.S.: Mis hijos dicen que soy medio bruja, porque siempre les adivino el pensamiento, jejejej. Yo digo que soy bruja entera!.

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Re: "El hortelano y el topo"

Dentro de nuestras posibilidades y aunque sea muy modestamente, a todos nos corresponde aportar nuestro granito de arena para dejar a nuestros hijos un espacio habitable y un mundo más humano. No regateemos esfuerzos.

Gracias por tus siempre acertados comentarios, Karmen.

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Re: "El hortelano y el topo"

Caray, Melip, es como si me hubieses leído la mente. Digo esto porque hace apenas quince días escrií un relato que tiene mucho que ver con lo que has comentado. Ya tendrás oportunidad de comprobarlo. Besos.

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Re: "El hortelano y el topo"

Así es. No lo he enviado todavía puesto que no va a ser publicado hasta la vuelta de Roberto. Además, seguro que cuando llegue tiene curro extra y un montón de cosas que publicar. No te preocupes que tan pronto vea que se aligera la cosa lo cuelgo.

Haberlas haylas (ya sabes).