Dal dottore

Aquella mañana la señorita López se había despertado de un bien que daba invidia a los pajarito que encima de la rama del olivo que desde la ventana de su pequeña habitación trinaban cada mañana.
Aquella mañana se vistió con el mejor vestido que poseía, tal que era color de rosa selvática, se peinó con un elegante moño alto en la nuca y se perfumó, usando la colonia de malva que desde hace inmemorable tiempo custodia un el cajón de su humilde tocador.
Aquella mañana ni siquiera el moho de la las paredes parecía perturbarla.
Cerró la puerta pesada con fuerza y dandole dos vueltas de llave, porqué lo poco que tenia la señora López lo defendía con los puños y los dientes.
Mientras se dirigía hacia el hospital pensaba en el doctor Emilio, que llevaba ya un añito sin ver, desde la ultima rutinaria revisión anual.
Pensaba en su mirada penetrante, en su sonrisa brillante y sobre todo en aquellas manos que la tocaban como nadie nuca había hecho.
El doctor Emilio la exploraba como un minero en busca de un gran filón de oro, pero sin utilizar ni pico ni pala, afortunadamente.
La rozaba con sus dedos limpios y sus uñas cuidadas, y ella seria y diligente no dejaba transparentar absolutamente nada de todo lo que en aquel momento estaba sintiendo.
Los mismos angeles que oía cantar en la iglesia el domingo por la mañana, solfeaban en el momento en que el doctor Emilio se le acercaba.
Aquella mañana lo volvería a ver después de un largo año pasado a pensarlo, mientras recogía huevo y ordeñaba las vacas lecheras de su granja.
Cuando finalmente llegó al ambulatorio en los zapatos de charol ya se podía pintar un dibujo.
Llegó en la pequeña sala de espera y se sentó en el único banco situado en el lado izquierdo.
Miró el reloj.
Las 9 en punto.
Cruzó las piernas y juntó las manos, empezando a rodear los dos pulgares. Ahora el derecho y luego el izquierdo.
Las nueve y cinco.
Miró la puerta y se lo imaginó allí, sentado tras su mesa ordenada, con sus gafas en la punta de la nariz, atento y ocupado en preparar sus encuentro.
Sonrió y se quedó soñando, cuando de repente la puerta se abrió y una creatura horripilante surgió del oscuro del estudio del doctor.
-Señora López?
El pelo rubio le caya en los hombros como los tentáculos de un pulpo viejo y seco.
Llevaba una bata blanca y un unos guantes de látex.
- Usted es la señora López?
- Io misma.
- Pues entre entonces!
La señora López entró en el estudio del doctor, buscandolo en cada rincón.
La misma mesa, la misma silla y la misma camita ginecológica del año pasado, pero de él ningún rastro.
En su lugar una mujer, vieja y rugosa. Fea como un cammello desnutrido.
- Sientese señora. Vamos a empezar.
La señora López sentó en la silla delante de la mesa en la cual la otra estaba atareada en escribir algo en un candido papel blanco.
- Cuanto años tiene?
- Cuarenta y dos.
-Muy bien. Vamos a empezar la visita dentro de muy poco; El año pasado hizo una visita completa con ecografía táctil. Este año vamos a hacer lo mismo, por lo tanto quitese las bragas y tumbese én la cama, una pierna por cada soporte.
Necesita algo antes de empezar?
La señora López soltó una pequeña lagrimilla.
- Mi doctor por favor.


Tags: