"Crónicas marineras"

José llega muy temprano al puerto y se sienta en el lugar de costumbre. Desde su retiro -hará unos cinco años- acude todas las mañanas a la cita con rigurosa puntualidad. Da una profunda calada a su pipa, mientras contempla, con mirada ausente, cómo las gaviotas revolotean alrededor de un pesquero que acaba de atracar. Exhala el humo y se deleita con el perfumado aroma que sale de sus pulmones para desvanecerse al instante en el húmedo aire de la mañana. Mira distraídamente como descargan la mercancía y su mente le traslada mucho tiempo atrás, a los años de su juventud, cuando con apenas quince años se enroló por primera vez en la tripulación de un pesquero de bajura. Así empezó lo que a la sazón sería toda una vida dedicada al mar. Una vida llena de peligros y privaciones, pero sin la que –ahora lo sabe con certeza- le habría sido imposible sentirse confortado y en paz consigo mismo. Sus cincuenta años dedicados por completo a la vida del mar, han dejado un poso lleno de recuerdos con sabor agridulce. Entre estos recuerdos se entremezclan la fatalidad, el infortunio y la plenitud y dicha de los momentos felices. La fatalidad de ver desaparecer a un compañero bajo las aguas, cuando un día les sorprendió un temporal y una fatídica ola lo arrastró de la cubierta. Momentos muy duros pero por fortuna escasos. No faltaron en su larga vida de marinero las jornadas agradables y esplendorosas, plenas de trabajo, aunque rebosantes de buen humor y camaradería. Estas jornadas le permitían llevar para casa buenos dividendos, porque, eso sí, sus patrones habían sido duros y exigentes en el trabajo, pero siempre supieron estar a la altura a la hora de repartir las ganancias.

La mente de José regresa del pasado y sus ojos se centran de nuevo en el pesquero que ha llegado a puerto hace un momento. Los marineros han descargado ya todas las cajas y se afanan en limpiar la embarcación de crustáceos y restos de pescado de escaso valor comercial, que luego venderán por precios irrisorios. Mientras los marineros introducen en la lonja las cajas de pescado para ser subastadas, un joven, manguera en mano, limpia con gestos rápidos y precisos los últimos rincones de la cubierta. Debe tener -calcula José- la misma edad que él cuando empezó. Una sonrisa nostálgica aparece en su rostro y en un acto reflejo alza la mano para saludar al muchacho. Éste le devuelve el saludo esbozando una tímida sonrisa, pero rápidamente vuelve a su tarea.

José saca del bolsillo de su chaqueta un trozo de madera y se pone a sacarle astillas con una pequeña navaja muy afilada. Efectúa movimientos diestros, de persona experta. Está dando forma a un delfín para regalárselo a su nieto en el día de su cumpleaños. Desde el día que se retiró, la talla se ha convertido en uno de sus pasatiempos favoritos y ya le ha hecho varias figuras -de motivos marinos, por supuesto- que su nieto guarda celosamente entre sus tesoros más queridos.

Sus azules ojos descansan ahora sobre el horizonte, donde otro barco acaba de aparecer seguido por un rastro de gaviotas. El puntito, apenas visible en un principio, se va convirtiendo en la familiar silueta de uno de los barcos donde él trabajó. El pesquero rodea el dique de entrada al puerto y encara el atraque por su amura de estribor, haciendo una maniobra de atraque perfecta. Sus ocupantes le saludan con simpatía y se afanan en desembarcar rápidamente el pescado. José les devuelve el saludo y, con preguntas rápidas y cortas, para no entretenerles demasiado, les pregunta cómo ha ido la jornada. “no hay queja” le responden entre sonrisas y comentarios jocosos.

Mientras asiste en la lonja a la subasta del pescado que han traído los barcos, vuelve a sumirse en sus recuerdos. Cada caja de pescado que mira hace que su memoria se active y le traslade a jornadas de días felices y pesca abundante. De vez en cuando algún turista o curioso, viendo su aspecto de marinero, le pregunta cómo se llama un determinado pez y él, amablemente, le explica todo lo que quiere saber, recreándose especialmente en la calidad de su carne, en la forma de prepararlo, en el hábitat donde se pesca... Su mente guarda cantidad de historias y anécdotas y de vez en cuando se sorprende contándoselas a estas personas sin que venga a cuento. Se disculpa avergonzado, pero esas personas no se sienten molestas o importunadas, muy al contrario, quieren que les cuente más historias y les dicen a sus hijos que esas vivencias serían verdaderos cuentos en manos del mismísimo Christian Andersen.

La mañana ya no da más de sí. José cierra la navaja y la guarda con la figurita en el bolsillo. Da otra calada a su pipa pero el sedante humo no deleita sus sentidos. Su pipa, inactiva largo tiempo, se ha apagado. “Otra mañana de recuerdos” se dice, en tanto que levanta el cuello de su chaqueta. Entre la actividad del puerto y sus recuerdos no se ha dado cuenta de que el tiempo ha refrescado y que ya es hora de comer. “Mañana habrá que venir bien abrigado” sentencia, mientras se encamina hacia su casa para tomar una sopa de pescado bien caliente que le reconforte y tonifique de cara a la jornada de trabajo que le espera mañana.
 


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Re: "Crónicas marineras"

Qué cierto es que hay personas que son incapaces de cambiar sus rutinas, pero es que después de todo, y por suerte, algunos disfrutan con los trabajos que han elegido... eso es un privilegio con el que no todos podemos contar...

Espero que sigas por aquí, yo seguiré asomándome siempre que pueda para leerte porque eres un magnífico contador de historias, Javier... puedo "oler" hasta el humo de la pipa...

Unha aperta...

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Re: "Crónicas marineras"

Javier, siempre consigues con esas descripciones con las que recreas las escenas, que me inmiscuya en éstas y me sienta un poco protagonista de tus relatos. Me ha llegado el olor a pipa (será porque mi marido fuma en una y ahora está a 900 km de casa) y el sonido de las gaviotas que acompañan a los barcos cuando vuelven a puerto a descargar lo capturado. Gracias y espero tus escritos con impaciencia, pero con la seguridad de que cada uno es tan bueno, o más, que el anterior.

Bicos.

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Re: "Crónicas marineras"

Como siempre, Melip, echando flores y cumplidos. Creo que no es para tanto aunque me alegro que te gusten. Eres mi fan nº 1. Gracias de nuevo.

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Re: "Crónicas marineras"

Karmen, siempre que tenga lectoras tan aduladoras como tú me seguiré asomando a este espacio. Me alegro mucho de que te gusten mis modestas historias. Son comentarios como el tuyo los que me animan a seguir. Un biquiño moi grande e graciñas.