Crónica desde el silencio

Estaba terriblemente cansado y agotado. Había estado trabajando ininterrumpidamente ¿14, 16 horas? No lo sabía con certeza, pero el caso es que mi capacidad física estaba próxima a llegar a su límite. Era ya noche desde hacía aproximadamente una hora y a pesar de las pocas fuerzas que me quedaban, redoblé esfuerzos para llegar a casa y poder echarme a descansar. No comería, a pesar de hacer muchas horas que no ingería alimento. Me limitaría a echarme en la cama vestido y dormir una semana si hacía falta. Vi el portal de mi casa a apenas diez metros de donde me encontraba. Sólo tenía que cruzar la carretera a través del paso de cebra, entrar en el portal, coger el ascensor y… ¡Por fin en casa! La visión tan cercana de mi casa me había levantado el ánimo, aunque, cualquier movimiento que hacía era todo un suplicio. Los músculos y las articulaciones se negaban a seguir ejerciendo su función sin ser sometidos a un descanso. Tan dolido e ido me encontraba, que no vi las luces que venían directamente hacía mí cuando me encontraba justo en la mitad del paso de cebra…

* * *

Sonó el despertador alrededor de las seis, como cada jodida mañana. Mientras me levantaba eché un vistazo a mi mujer, que dormía plácidamente y que, como es habitual, no se había despertado. Me dirigí a la cocina para poner la cafetera y así ir ganando tiempo. Mientras me estaba afeitando llegó hasta mí el inconfundible olor fuerte y aromático del café recién hecho. Desayuné a toda prisa y salí por la puerta haciéndome el nudo de la corbata. Jodido nudo. Llevaba más de quince años haciéndolo y todavía se me resistía. Lo dejé por imposible cuando llegué al coche. Encendí el motor y me dirigí al trabajo.

Nada más llegar tuve la impresión de que iba a ser una jornada especial. El jefe estaba esperándome con una larga lista de clientes a los que había que atender con la máxima urgencia. La lista constaba de unas veinticinco personas y a juzgar por su cara, cada cual más urgente. Me dijo que me las arreglara como fuera pero que bajo ningún concepto dejase de atender a ningún cliente en el transcurso del día. Le comenté que me sería imposible hacerlo, puesto que al menos la mitad de ellos requerían bastante tiempo y mi jornada laboral terminaba a las cuatro de la tarde. Se marchó y me dejó con tres palmos de narices. “Será cabrón” -pensé.

Trabajo para una multinacional del ramo de la informática y aunque soy analista de sistemas, la carencia de personal hace que tengamos que multiplicarnos. Tenemos que entregar los pedidos y montar los equipos nosotros mismos.

A los cuatro primeros clientes los despaché enseguida. A grandes rasgos necesitaban que les instalase algún software y otras pequeñas tareas como limpieza de virus, instalación de hardware sencillo y otras pequeñeces. Con el quinto y con el sexto estuve casi cuatro horas. Habían adquirido equipo nuevo y necesitaban no sólo que se lo montase sino asesoramiento para utilizarlo. Cuando a las dos de la tarde hice un pequeño hueco para comer, había atendido a diez personas. Si me ajustaba a mi horario tenía que atender a quince personas en poco más de una hora. Tarea imposible. Respiré hondo y me resigné al mismo tiempo que atacaba presurosamente un emparedado que había adquirido en un burguer.

A las tres de la tarde estaba ya en el domicilio del onceavo cliente. Se trataba de una chica de unos 25 años, morena y muy atractiva. Me llevó hasta el lugar donde tenía el equipo y me dijo, claramente afectada, que llevaba varios días sin poder conectarse a Internet y que su correo electrónico no funcionaba. Después de un rápido análisis le instalé un par de programas, pues los que ella tenía estaban bastante obsoletos y funcionaban muy irregularmente. Cuando comprobó que su equipo funcionaba otra vez con regularidad lanzó una exclamación, y, loca de alegría, esbozó una sonrisa encantadora que dejó al descubierto unos dientes perfectos y blanquísimos. Después de darme las gracias una y mil veces, salí de su apartamento de buen humor. Miré el reloj. Eran las cuatro y quince minutos. La hora de terminar mi jornada y todavía me quedaban nueve clientes.

Empecé a notar el cansancio. A veces, los equipos de los clientes estaban ubicados en lugares con mal acceso. Por ello tenía que adoptar posturas inverosímiles, lo que hacía que mis articulaciones se resintieran. Cada vez que me agachaba, notaba en las piernas un dolor agudo que me hacía exhibir gestos de dolor y cansancio. Los siguientes cuatro clientes estaban muy próximos entre sí, por lo que al haber menos desplazamientos, gané bastante tiempo. Los tres requerían actuaciones rápidas y puntuales. Tan ocupado estaba y tan rápido quería hacer el trabajo que me olvidé completamente del reloj. Eran las siete y media de la tarde y ya llevaba casi doce horas de continuo y agotador trabajo.

Cuando dejé al último cliente las manecillas del reloj marcaban las diez y media de la noche y todavía me quedaba una media hora de viaje para llegar a casa. El cansancio apenas me dejaba conducir y más de una vez tuve que abrir la ventanilla para no quedarme dormido.

Me encontraba ahora en mi calle. El paso de cebra era el único obstáculo que se interponía entre mi cuerpo y la cama; entre el agotamiento y el delirio. No vi las luces del coche que me arrolló cuando estaba cruzando. Una luz blanca que, contrariamente a lo que se dice no era muy intensa, fue lo único que llegué a ver después del golpe.

* * *

Y aquí me encuentro ahora ¿Es esto el cielo? Todo está oscuro aunque hay claridad. Estoy sólo y todo a mi alrededor es silencio. No hay ruidos. Tal vez esto no sea el cielo y me encuentre en algún punto intermedio, o quizá en algún lugar perdido e indeterminado. ¡Qué sé yo! Quizá cuando nuestra existencia en la tierra se acaba cada uno va a un lugar en el que su soledad se hace más patente e insufrible. Como castigo. O como premio. Quien sabe. Ahora todo se reduce a la inexistencia y al vacío, aunque sigo atormentándome al recordar esta historia una y mil veces. Es mi única compañía.

 


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Re: Crónica desde el silencio

Vivimos aprisa, tan aprisa que cuando nos damos cuenta han pasado muchas horas, muchos días, muchos meses en los que no hemos parado de hacer cosas, tantas que cuando lo pensamos con calma, apenas hemos hecho NADA...Al menos nada relacionado con vivir, con disfrutar, con compartir, y los recuerdos son borrosos, tan borrosos, que solo recordamos esos últimos momentos, que encima...son malos...A lo mejor ese silencio desde el que escribes no es el cielo, no es un lugar, puede que sea la tristeza, puede que sea solo un estado de ánimo...

Me ha gustado tu relato porque me ha hecho pensar sobre qué hacemos para que nuestra vida, si se acaba demasiado pronto, haya valido la pena...

Un abrazo, Igancio

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Re: Crónica desde el silencio

Sería importante que todos nos concienciáramos de la importancia de vivir. Pero vivir, vivir. Que no es lo mismo que el pasar el tiempo en nuestros relojes o calendarios o dietarios. Disfrutar de las comidas, de la familia, de los amigos..... de uno mismo. Cuando ha sido la última vez que nos hemos dedicado un tiempo para nosotros mismos?? La vida merece la pena vivirla.... pero de verdad!!! Besotes.