La Cabina

Transcurre una soleada y tranquila mañana de domingo que a buen seguro será bastante calurosa, pues son las once de la mañana y la temperatura ambiente ronda ya los veintisiete grados. Xermán, como de costumbre, ha salido a comprar el periódico al quiosco que hay a dos manzanas de su domicilio. Cuando llega coge “El País” y tiene que esperar una cola de varias personas para pagar. Ya de regreso, pasa por el supermercado para comprar un par de botellas de “Ladairo”, el vino que le gusta a su mujer. Va camino de casa y busca en el bolsillo el teléfono móvil; quiere preguntarle si necesita que le lleve algo antes de subir pero se da cuenta de que se le ha olvidado en casa “***** –se lamenta- tendré que llamar desde una cabina. Mejor preguntar, no vaya a ser que tenga que bajar de nuevo”.Mientras hojea la sección de deportes se dirige hacia una cabina que hay a apenas cincuenta metros de donde se encuentra. Camina lentamente, leyendo y levantando la cabeza de vez en cuando para ver si hay obstáculos con los que pueda tropezar. Llega a la cabina y comprueba que está vacía, por lo que entra y cierra la puerta tras de sí. Con la prensa debajo del brazo posa la bolsa con las botellas de vino en la repisa y mete en la ranura lo único que tiene suelto: una moneda de veinte céntimos. Marca el número de casa. Al otro lado de la línea contesta su mujer “¿Sí?” “Oye, Uxía, soy yo. ¿Quieres que suba alguna cosa o ya estás servida?” Su mujer le contesta negativamente “Vale, vale, pues ya voy subiendo. Hasta ahora”.

Xermán cuelga el auricular, coge la bolsa de las botellas y gira sobre sí mismo para salir de la cabina. Empuja la puerta pero ésta no se abre. Vuelve a intentarlo de nuevo empleando esta vez más fuerza pero en vano; la puerta no cede “parece ser que se ha atascado –piensa contrariado- tendré que sacar a relucir mis conocimientos de bricolaje”. Posa la bolsa con las botellas de nuevo en la repisa y vuelve a intentar abrir la puerta empujándola bruscamente, pero ante la resistencia que ofrece opta por emplear otros métodos. Revisa la línea de apertura en la que encaja el pestillo e intenta forzarlo usando una llave. Es inútil, el cerrojo está obstruido y no hay manera de abrirlo. Mira hacia la otra parte de la puerta por si las bisagras pudiesen ser desmontadas o forzadas pero pronto desiste: incomprensiblemente parece como si la puerta hubiese sido hecha a prueba de bombas.

Xermán está contrariado pero en absoluto nervioso. Es una persona con los nervios templados y sabe que el salir de la cabina es cuestión de minutos. De pronto recuerda haber leído en el periódico algo relativo a unas cabinas telefónicas que estaban montando en sustitución de otras antiguas. Hojea el periódico pasando rápidamente las hojas en busca de la noticia “hoy –lee cuando por fin la encuentra- entran en funcionamiento las primeras treinta unidades que el ayuntamiento ha adquirido para sustituir a las viejas y maltrechas cabinas telefónicas. Tienen, entre otras características, cristales blindados a prueba de gamberros, con la particularidad de que no se puede ver de fuera para adentro pero sí de dentro para afuera; excelente insonorización, para que los ruidos exteriores no molesten a los usuarios que las utilizan; …” No sigue leyendo. Hace señas a la gente que pasa por la calle; golpea con fuerza los cristales para ver si le oyen, pero sin resultado. “Parece ser que la empresa encargada del diseño ha hecho bien su trabajo” –sentencia resignado.

Después de varios intentos más por abrir la puerta se sienta en el suelo. Mira el reloj y comprueba que lleva en la cabina más de hora y media. Unas gruesas gotas de sudor le salen de la frente y corren por sus mejillas. El sol da de lleno en la cabina y la temperatura dentro se ha disparado. Mira de nuevo el reloj electrónico y consulta su termómetro: son las trece horas y la temperatura interior es de cuarenta y un grados.

Poco a poco se va despojando de su ropa, pues el tiempo pasa muy despacio y la temperatura sube muy de prisa. Se ha cansado ya de llamar la atención de los viandantes y de intentar abrir la puerta. Su única posibilidad de salir se reduce a que alguien quiera usar la cabina y que avise a la empresa de que la puerta está obstruida. Su moral empieza a pasar factura. Son las cinco de la tarde y vuelve a consultar el termómetro del reloj “¡cuarenta y ocho grados! –lee horrorizado- si no viene alguien en mi ayuda moriré deshidratado”

Está completamente desnudo y el suelo de la cabina mojado de tanto sudor. Un mareo cruza por su cabeza y cuando se está desvaneciendo intenta agarrarse a la repisa, llevándose las botellas por delante que, al caer al suelo, rompen derramando su contenido. Un fuerte olor a alcohol y a fruta madura impregna toda la cabina. Pierde el conocimiento.

Dos horas más tarde, hacia las siete, dos operarios acuden a la cabina para hacer caja. Tiran de la manilla y la puerta se abre sin oponer resistencia.
-Joder –le dice el uno al otro al comprobar el espectáculo- malditos borrachos, no les llega con los callejones y los portales, ahora también usan las cabinas de teléfono para dormir la moña y para sacar a relucir sus fantasías y desviaciones sexuales.
 


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