¡Buenos dias, preciosa!

La lluvia cae incesante y monótona sobre los raíles que se unen en la lejanía. Andenes que se cubren de un manto plateado y resbaladizo. El tren aparece como un puntito haciéndose cada vez mayor al acercarse, hasta detenerse. En orden, uno tras otro, los viajeros, vamos subiendo. Se cierran las puertas. Nadie saluda a nadie, nadie habla con nadie. Tan sólo el sonido discordante de los móviles perturba el silencio. Conversaciones unilaterales: Preguntas sin respuestas. Respuestas sin preguntas. El aparece, me mira, nos miramos, se sienta frente a mi. Desde hace casi tres meses compartimos quince minutos de nuestra vida, de lunes a viernes, a la misma hora. Me gusta ver el reflejo de sus ojos en el cristal, mirándome. Tiene unos ojos negros, grandes y profundos, como un abismo. Nunca me ha hablado, pero tiene una voz preciosa: grave, varonil. Alguien le llama a veces al móvil. Tal vez sea su novia, o su mujer, o su compañera, o tal vez sea solo una chica a la que ha conocido por Internet y no sabe, como yo sé, que cuando se acerca y su espacio invade mi espacio, huele a colonia fresca, a loción, huele... a hombre seguro de si mismo.
La lluvia ha cesado y un sol radiante y somnoliento intenta abrirse paso entre nubes púrpuras, rasgándolas en jirones dorados. Abre el periódico que ha comprado en el quiosco del vestíbulo. Tiene unas manos grandes y cuidadas. ¿Qué profesión tendrá? Todos los días cogemos el mismo tren, y cuando yo me bajo él continúa. Pero no coincidimos a la vuelta. ¿Dónde se bajará?
Hace años, cuando no había móviles, ni portátiles, ni PDAs, ni mp3, ya nos habríamos saludado, me habría pedido fuego para encender un cigarro y me habría mirado a los ojos mientras acercaba su mano para que no se apagase la llama... pero... hoy no se puede fumar, aunque la llama siga ardiendo en los corazones. Hace unos años habríamos conversado sobre el tiempo, sobre nosotros... y no nos habría interrumpido el sonido estridente de un móvil.
Pero... estamos en plena era de la comunicación a distancia y... hay miles de interferencias en la comunicación vis a vis. ¡Cuánta lejanía en la cercanía!
Hace años yo era una estudiante y tenía toda la vida por delante, miles de caminos por recorrer; hoy solo tengo uno, el mismo camino cada mañana, la misma rutina día tras día.
He llegado a mi destino, me levanto y mi rodilla roza la tela de su pantalón al hacerlo. Me mira, le miro. Creo que debería saludarle, decirle adiós, por lo menos... Pero no lo hago, le doy la espalda. Dudo, me giro...
- Adiós.
- Adiós- contesta él.
Sonrío, sonríe. ¡Vaya! ¡Tiene una sonrisa preciosa!.
Avanzo hasta la mitad del pasillo a esperar que se abran las puertas. Le miro. Me mira. Se abren. Desciendo. Tal vez mañana me atreva a decirle algo más. Sí, tal vez mañana...

Miércoles por la mañana. Siete horas cincuenta minutos. El tren acaba de estacionarse pero... no le he visto ni en el andén ni en el vestíbulo de la estación comprando el periódico en el quiosco, como todas las mañanas.
Miro hacia ambos lados. Dentro de dos semanas se me acaba el contrato y no volveré a tomar este tren, ni volveré a verle. Todo acabará, las conversaciones que no tuvimos, las sonrisas que no volvimos a intercambiar, la historia de amor de Meryl Streep y Robert de Niro en “Enamorarse”... La idea de no volver a verle perturba de repente mi mente, despertando mi ansiedad. Y... entonces aparece corriendo por el andén y sube en el último momento justo antes de que arranque. Un suspiro de alivio se escapa de mi pecho. Se sienta a mi lado, porque el asiento de enfrente está ocupado. Me mira, le miro. Sonríe.
- ¡Hola!
- Casi lo pierdes- sonrío.
- Si.
Ahora debería decirle algo más, hoy no lleva el periódico, no le ha dado tiempo de comprarlo. Pero... suena su móvil. ¿Quién le llamará a estas horas?
- ¡Buenos días, preciosa, qué madrugadora!.- la saluda con un tono muy cariñoso.
Seguramente no vive con ella. A nadie se le ocurre llamar a su pareja a estas horas, si ha estado durmiendo a tu lado. ¿Será su amante? ¿Estará casado? Bueno, ¡qué mas da!, yo también lo estoy.
- Cuando llegue a la consulta te llamo. No seas ansiosa. Ahora estoy en el tren. Sí, yo también te echo de menos. Lo que tienes que hacer es levantarte y aprovechar el día. Bueno, todavía es temprano, pero no te quedes en la cama hasta las tantas, que te conozco. Quiero que te arregles, que salgas, que te vayas de compras, que quedes con alguna amiga y comas fuera de casa, no te encierres. Venga, verás como todo va a ir bien. Piensa en positivo. No te preocupes por los problemas antes de que aparezcan. Afróntalos cuando lleguen. Vive el presente. No, mañana no puedo ir a verte, tengo el día muy ocupado, tal vez el viernes por la tarde. Sí, en cuanto tenga un rato la leo.
Le estoy escuchando dando consejos a aquella mujer y me parece que me los esté dando a mi misma. ¿Será psicólogo?, ¿psiquiatra? Seguramente ¿Tendrá la consulta en Vilanova? ¿en Barcelona? ¿dónde se bajará? El sigue hablando con ella mientras su brazo derecho, pegado a mi brazo izquierdo me va transmitiendo todo el calor de su cuerpo a través de la fina tela de su camisa, me quedaría así, pegada a su brazo, amodorrada y protegida, pero ... ya he llegado a mi destino. Me levanto y le sonrío.
- Adiós.
Me sonríe sin dejar de hablar por el móvil y... eso es todo. Bajo del tren totalmente desanimada. El aire primaveral de la mañana me da en la cara despejando mi mente de pensamientos amorosos. Es absurdo imaginar que mi enigmático compañero de viaje podría convertirse en un Robert de Niro.

Jueves por la mañana, hoy voy a Barcelona. Tengo una entrevista de trabajo. He pedido fiesta en mi empresa, que pronto dejará de serlo, y aunque la cita es a las diez, voy a tomar el tren a la misma hora. Así sabré donde se baja. Se va a extrañar de que continúe. Hoy tendremos más tiempo, el cuarto de hora será media hora... o una hora... Pero cuando llego a la estación el andén está a rebosar, el tren anterior viene con retraso y toda la gente está allí todavía. Vamos a ir apretujados. ¡También es mala suerte!. Le veo entre la gente, esperando. Acaban de anunciar el regional expres. Intento acercarme lo más posible sorteando a los viajeros que se interponen en mi camino. Ya estoy casi detrás de él cuando el tren se estaciona. Subimos. Hoy va a ser imposible sentarse. El tren ya viene casi lleno.
Me mira. Le miro. Nos sonreímos.
- Buenos días ¡Cuanta gente hoy!.- le digo.
- Sí. Toda la del tren anterior.
Estamos situados cerca de una de las puertas, muy juntos, cogidos a la barra. Su mano está al lado de mi mano. Al final me alegro de que el tren vaya tan lleno, tiene más morbo, puedo estar casi pegada a él. Me invade el aroma de su cuerpo, podría reconocerle con los ojos cerrados, sólo con olerle. Me gustaría preguntarle tantas cosas, pero... de nuevo el silencio, no sé qué decirle. Es bastante más alto que yo, miro hacia arriba y me encuentro con sus ojos. Sonreímos. Miramos hacia las puertas. Se ve la playa a través de los cristales. Pronto llegará el verano. Me observa al llegar a San Vicente.
- No, hoy no me bajo aquí- le digo adivinando sus pensamientos- sigo hasta Barcelona.
- Ah, bien.
- Una entrevista de trabajo...
El sonido de su móvil interrumpe nuestra incipiente conversación.
- ¡Buenos días, preciosa! ¿Cómo estás hoy?
¡Dichosa inoportuna!, ahora que me había animado a hablar..., ¡Cómo me gustaría que me dijese: “¡Buenos días, preciosa!”, con ese tono de voz, tan varonil y tan tierno a la vez..! El rostro de él se ensombrece de repente.
- Estela, ¿qué te he dicho siempre? No vuelvas a pensar en tomar pastillas, aparca el prozac y el lexatín, tira todos los comprimidos que tengas. Te he dicho mil veces que lo que tienes que hacer es enfrentarte a los problemas y solucionarlos, de uno en uno. El tomar pastillas lo que hace es atontarte para que pases el día como un zombi. No, no llores. Luego te llamo. No te oigo bien.
Estamos llegando a Vilanova.
- Bueno, yo me bajo aquí. Adiós.- me dice.
Se abren las puertas. Se guarda el móvil en el bolsillo y al apearse y poner el periódico bajo el brazo un libro que debía llevar dentro cae sin que se de cuenta. Lo recojo.
- Eh, se te ha caído...- pero, con el bullicio de la gente, no me oye. Se cierran la puertas y el tren reemprende la marcha.
Miro el libro, parece una novela: “Entre la niebla” por Estela Sandoval. ¿Estela? ¿La misma Estela con la que estaba hablando? Me siento en uno de los sitios que han quedado libres. Me intriga conocer la historia que ha escrito esa mujer. Abro el libro. En la portada una dedicatoria: “Para ti, que me has hecho salir de la niebla, mi psicólogo, mi amigo... mi amante... con todo mi amor: Estela”.
¡Vayaaa!! En esta dedicatoria está la respuesta. Deben haberse conocido en la consulta de él, ella sería su paciente y ha acabado convirtiéndose en su amante... pero... eso no es muy ortodoxo. No creo que esté bien visto que un psicólogo se haga amante de su paciente. Y... si son amantes, es que uno de los dos, o los dos, están casados. Durante el trayecto que me queda empiezo a leer... Es la historia triste y melancólica de una pintora que pinta cuadros de niebla. Me suena algo el nombre: Estela Sandoval... creo haber visto anunciada alguna exposición de ella, algo así como: “la pintora de las nieblas”. Probablemente sea una especie de autobiografía.
La entrevista ha resultado bastante positiva, creo que me cogerán y a partir del mes que viene, voy a trabajar a Barcelona. Perderé más tiempo en el viaje, pero el sueldo está mucho mejor. Además, podré verle durante más tiempo. ¿Estará casado? ¿será el típico marido adúltero que se enreda con cualquier falda? No lo parece. En el viaje de vuelta acabo de leer la novela. Se percibe que, mientras la escribió, la pintora pasó de un estado depresivo a una etapa de esperanza e ilusión “creo que voy a dejar de pintar nieblas”; así acababa la novela, como preludio de una etapa de color, desterrando definitivamente todo lo gris y ceniciento. Claro, él la ha ayudado a salir de la depresión. Pero... en su última conversación... parecía que ella tuviese de nuevo un bajón. Bueno, y ¿quién no lo tiene? Yo misma, cuando estoy con el síndrome premenstrual. ¡Esto de ser mujer...! En fin, mañana le doy la novela y a ver si podemos hablar un poco más. Le pediré algún consejo. Se nota que es un buen psicólogo, y... si además te alegra el cuerpo...

Se ha quedado muy asombrado al ver la novela, esta mañana. En cuanto le he visto en el andén me he dirigido a él y se la he dado.
- Se te cayó ayer, con las prisas, y la aglomeración de gente...
- Muchísimas gracias.
Me mira con cierto nerviosismo. Estará pensando que probablemente la he leído, sobre todo la dedicatoria. Pero... no me lo pregunta. Esta vez guarda el libro en el maletín, y me sonríe. Subimos al tren y se sienta frente a mi. Es viernes.
- ¿Qué tal la entrevista en Barcelona?
- Bien, muy bien, genial.
- Me alegro.
- Gracias.
Y volvemos a quedarnos en silencio. Miro a través del cristal la playa de la Rabasada. Me encanta la playa en esta época del año, cuando todavía no hay turistas y el agua está limpia y cristalina. Veo el reflejo de sus ojos en el cristal, mirando mis piernas. Las cruzo nerviosa, aunque reconozco que me he puesto falda para él, tiene una mirada penetrante y con un magnetismo.... le veo que saca el móvil, y ... llama....¡qué fastidio el móvil de las narices!.
- ¡Buenos días, preciosa! ¿cómo estás hoy? Ayer me dejaste muy preocupado. ¿Qué te pasa en la voz? ¿Estabas dormida? ¿y... esa lengua de trapo? Estela- su voz se altera- Estela ¿qué has hecho? No, no te duermas, sigue hablando. Por Dios, te dije que tiraras las pastillas, ¡¡todas!! ¿qué te has tomado? ¡Que no has tomado nada...! No me engañes. Llama inmediatamente a una ambulancia. ¿Hay alguien contigo? ¿No? ¡¡Estela, sigue hablando, contéstame!!
Todo el coche está pendiente de su conversación. Estamos llegando a San Vicente. Se levanta asustado, blanco como el papel.
- Tengo que bajarme.
Y vuelve a marcar mientras se apea del tren. Está llamando a una ambulancia. Bajo tras él. Me quedo unos momentos a su lado sin saber qué hace ni como ayudarle. Debe estar pasándolo fatal. Al final la pintora parece que se ha querido suicidar. Por Dios que la ambulancia llegue a tiempo. Sin despedirse, totalmente desorientado y desesperado, toma un taxi y le pierdo de vista.
Durante toda la mañana en la oficina no puedo dejar de pensar en el misterioso viajero y la pintora. ¿Qué habrá pasado? ¿Le habrán hecho un lavado de estómago? Creo que es algo muy desagradable.
Es a mediodía viendo el telediario cuando me quedo atónita, no puedo creer lo que el presentador está diciendo:
“Esta mañana ha aparecido muerta en su domicilio la pintora Estela Sandoval, más conocida como “la pintora de las nieblas” Aunque se espera el resultado de la autopsia, hay indicios de suicidio. Su marido el empresario Javier Guillén ha acusado al psicólogo Germán Hidalgo de negligencia, ya que la artista estaba en tratamiento debido a que padecía psicosis maniaco depresiva. Se decreta el secreto de sumario”.
Pobre hombre, encima el marido lo acusa. Debería ir a la policía y decirles que yo estaba presente cuando él le dijo que tirara todas las pastillas. Pero... ¿por qué iba a suicidarse? Si cuando acabó la novela estaba tan feliz, parecía que lo había superado. Tengo que hablar con el psicólogo. Germán, han dicho que se llama, Germán Hidalgo. Si supiera dónde encontrarle... Tal vez en las páginas amarillas... en psicólogos..
Mi marido se queda mirándome mientras acaba su taza de café.
- ¿Qué te pasa?
- Que conozco a ese psicólogo del que están hablando, que tengo que ir a la policía.- Me levanto como una autómata, es mejor actuar cuanto antes.
- Vamos, Rebeca, tu no vas a ir a ningún lado. Si no han acusado a nadie.
- Ya, pero negligencia... cuando el pobre hombre estaba cada día hablando con la pintora esa por el móvil, aconsejándola... ¡¡que era más plasta...!!
- Y tu ¿por qué escuchas las conversaciones de los demás?.
- Mira, yo voy a ir. Te pongas como te pongas- y cogiendo el bolso salgo para la comisaría. Para una cosa interesante que me pasa, no voy a dejarla escapar...

El inspector Latorre me toma declaración. Le cuento todo lo que oí, las conversaciones con la pintora, que el psicólogo estaba conmigo en el tren y que seguro que todos los que iban en el vagón podrían corroborar lo que estaban escuchando.
- Mire señora, a la hora de dejar constancia por escrito y de hacer declaraciones mucha gente se lava las manos. Es de agradecer que usted haya venido aquí a colaborar con la justicia, pero no todo el mundo lo hace.
- Pobre chica, si él estaba hablando con ella para que le hablase y no se durmiera. Mira que suicidarse...
- No estamos hablando de suicidio.
- ¿No? Pero.. ¿¿entonces??- me quedo atónita.- Las noticias han dicho...
- Sí, que había indicios de suicidio. La autopsia ha desvelado que ingirió gran cantidad de lexatin: tranquilizantes, pero... resulta que también los tomó el gato. Lo hemos encontrado muerto.
- ¿Al gato?
- Efectivamente. El gato no se habrá suicidado ¿verdad?
- No, claro, el gato no... pero... ¿dónde quiere ir a parar?
- Mi querida señora, su testimonio nos es más valioso de lo que cree. Estamos hablando de asesinato.
- ¡Dios, asesinato! ¿quién querría matarla?.
Yo metida en la investigación de un asesinato, ¡¡esto si que es fuerte!! No me lo acabo de creer.
- Quien la mató se tomó muchas molestias para que pareciese un suicidio. Vació los comprimidos de lexatin en la leche, pero no contó con que el gato también bebía leche. Y esta mañana hemos encontrado muertos a los dos.
- Pues el psicólogo estaba hablando con ella, incluso llamó a una ambulancia...
- Evidentemente no llegó a tiempo de hacerle un lavado de estómago. Hemos detenido al marido como sospechoso. Parece ser que estaban en trámites de separación. Aunque él se declara inocente, lógicamente. En fin, la investigación sigue abierta. ¿Podemos contar con su colaboración en el juicio?
-Por supuesto. – lo digo, no muy convencida. Cuando mi marido se entere de que tengo que testificar en un juicio le da algo. Con lo poco que le gustan los líos. Pero... yo tengo que hacerlo. ¡Pobre... Germán!.

A mi marido no le hizo ninguna gracia, pero me acompañó a testificar en la vista preliminar del juicio. Podría haber hablado de la dedicatoria de la novela, que desvelaba que eran amantes, pero no dije nada, ni... nadie me lo preguntó. Germán, no merecía que se ensuciase su reputación ni su prestigio. El empresario fue acusado de asesinato. Según parece eran conocidas sus continuas discusiones y desavenencias. Se dijo que el trastorno psicológico de Estela se debía a su nefasta relación conyugal y a un maltrato psicológico. Se calificó como un caso más de violencia de género, pero había muchas lagunas que todavía quedaban por aclarar en la investigación. Gracias a mi declaración Germán quedaba libre de cualquier acusación, aunque era amigo y psicólogo de la paciente tenía una coartada. De todos modos, el abogado del empresario quiso culparle, dijo que él también era sospechoso pues era el que más se beneficiaba de la muerte de la pintora, que le había legado todos sus cuadros de niebla valorados en más de un millón de euros. Supongo que lo haría en agradecimiento al interés que él siempre tuvo por ella, y... por amor.

Han pasado casi dos años, ahora trabajo en Barcelona. Me va bien en mi nuevo puesto, he ascendido, pero... no he vuelto a verle. Probablemente dejaría su consulta en Vilanova y se establecería por su cuenta, o tal vez haya dejado de trabajar.
Sólo me queda el recuerdo de su profunda mirada, cuando acabó el juicio y se dirigió a mi. Con aquella semisonrisa encantadora, me dijo: “Gracias, Rebeca”.
El ave está a punto de salir del Camp de Tarragona, me acomodo y miro por la ventanilla, tengo que estar en Madrid a mediodía, mi jefe me ha pedido que arregle unos asuntos con los madrileños, confía en mi plenamente. Es un encanto. De pronto... una voz conocida llega hasta mis oídos. Está justo en el asiento de delante. ¡¡Es él!! Reconocería su voz entre miles, su aroma entre un sin fin de aromas. Me levanto del asiento para ir a saludarle pero... me quedo helada.... al escucharle hablando por el móvil.
- ¡Buenos días, preciosa!. Si, yo también te echo de menos. No te preocupes que todo se arreglará. Tienes que solucionar tus problemas uno a uno. Tienes que pensar en positivo... Si, Alejandra, no te preocupes, mañana nos vemos.
Y... a su lado, una mujer... De repente me doy cuenta, lo veo todo claro... Me derrumbo en mi asiento como fulminada por un rayo.
El abogado del empresario tenía razón... y yo piqué como una pardilla. Podía haber fingido perfectamente su última conversación por el móvil. Había sido él el que había puesto los tranquilizantes en la leche. Debía saber que el marido no estaba en casa. Podía haber estado con ella el jueves por la noche, ya que, como psicólogo y amigo, la estaba ayudando, y vaciar las cápsulas de lexatin en la leche. Luego solo quedaba esperar. Tal vez ni siquiera habló con Estela aquella mañana... Y... ¡me había llamado Rebeca!. Cuando hice la declaración en la comisaría, firmé como Carmen R. Vázquez y en el juicio, se me llamó en todo momento Sra. Vázquez, no Rebeca. Sólo mis amigos y conocidos me llaman así. ¿Había estado investigando sobre mi?. ¿Me había manipulado para que me sintiese obligada a intervenir en su defensa...? Me arrellané en el asiento y cerré los ojos aturdida, recordando el magnetismo de sus ojos negros, su mirada profunda y su semisonrisa cuando me dijo:
“Gracias Rebeca”... me llamó... Rebeca.

 


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Primer capitulo

Hola me gustaria lere tu novela pero nose cual es el primer capitulo,pues me acabo de encomtrar este apartado y no se muy bien como va.atentamente
Rosa

Imagen de REBECA

Re: ¡Buenos dias, preciosa!

Muchisimas gracias, diamantina, por leer mi historia. Un abrazo muy grande.

Imagen de diamantina

Re: ¡Buenos dias, preciosa!

.
Hola, Rebeca, "Gracias, Rebeca", me gusta mucho tu historia, tienes madera de novelista.

Un abrazo. Melba