Agonía

Por fin cayó, había luchado demasiado, hasta el último minuto.
No quedaba nada. Ni sus hijos, ni su esposo, ni ella misma…estaban ahí para apoyarla. Se habían ido, quizás al cielo, quizás en la otra habitación esperando por ella…p0ero ya no saldría de esa sala oscura, no tenía fuerzas para levantarse y mirar el nuevo día…para ella ya no había nuevo día.Tenía frío, era un frío que le bajaba por la espalda y le congelaba la esperanza, la alegría, las ganas de vivir…sabía por los susurros de la sala de espera, que todavía vivía, que aún respiraba.
A medias abrió los ojos, la visión era opaca y sin sentido, recordaba que cuando la trajeron, hace más de tres meses, la sala estaba iluminada y la gente la visitaba a cada hora…ahora la habían olvidado, las visitas se hacían menos frecuentes, nadie preguntaría por ella.
La soledad la mataba, quería hablar con alguien, quizás hasta regañar a las enfermeras por su incompetencia…antes que sus cuerdas vocales la abandonaran también. En la oscuridad repetía, una y otra vez, los saludos, las recetas de cocina, el rosario…necesitaba hablar, para no volverse loca, que la llevarán al manicomio, o al asilo, ahí al menos le gritarían.
Tenía sed, su garganta estaba seca, se deshidrataba poco a poco. Su cuerpo clamaba atención, hacía horas que no se alimentaba y había olvidado hasta la sensación del agua en su boca. Días sin bañarse, echaba de menos el agua bajando por su pequeño cuerpo.
Recordaba mejores tiempos: tardes de verano repletas de un sol abrasante,; una velada junto al fuego, en compañía de su abuela; el olor de las rosas de la casa de su tía; la sonrisa de su padre, cuando sacó la beca para la universidad, el anillo de compromiso que le dio Manuel; los hoyuelos de su bella hija, la risa de su primer nieto…todos esos recuerdos se perdían ahora en la maraña de memorias cotidianas.
En la penumbra de la habitación, podía darse cuenta del tiempo perdido, de una forma cruel y devastadora supo que su vida fue manipula por una red de mentiras y apariencias. Se había convertido en una marioneta del destino y de los seres que amaba. Ahora no había oportunidad, ya era tarde para cambiar lo absurdo e hipócrita de su vida.
Sintió compañía, los rostros de su familia le sonreían alrededor de su cama, en sus caras estaba la tristeza como un visitante indeseado. Manuel le tomo de la mano en un gesto amoroso y sincero, le sonrió, con esa mueca rota que asustaba a los niños.
Poco tiempo quedaba, lo podía sentir en toda la habitación. Sin quererlo realmente sonrió, una sonrisa fresca; según su anciana madre, iluminaba el mundo, ahora iluminaba su corazón.

- Hijos míos, aquí os dejo, no tengo nada que ofrecer, no tengo bienes, ni testamento, no les legare una fortuna. Pero les diré que no cometan el mismo error que cometí yo, viví siempre por los demás, debía vivir por mí y desearme lo mejor, perdonarme y complacer mis caprichos.
- Madre…
- No me interrumpas, quise hacer tantas cosas; viajar, ver el mundo, cantar ante un público…quizás hasta escribir un libro. No me quejo de mi vida, cada cual la vive a su manera y yo9 la escogí.
Su familia estaba en shock, seguramente no entendían su consejo, pero a ella no le importaba, levantó sus brazos hacia al cielo, dando su bendición y cerro los ojos para no abrirlos más.
Isabela Eloísa Villalobos Martinez murió un día cualquiera. En su lapida solo colocaron para “Para una madre”, ella era mucho más, ella tenía muchos sueños; pero al frente del sepulcro ella no oyó los sollozos de sus nietos, no escuchó el grito de su bienamada hija, no contempló la lagrima que rodo por la mejilla de su esposo…ella por primera vez era realmente feliz en su espacio particular.


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