Cuento para Ana en su noveno cumpleaños.
Prólogo
Hola preciosa, como sabes estoy en Mahón, trabajando. Trabajo lo más posible para estar pronto en casa contigo, con mamá y con Alonso. Por las noches siempre me queda un rato libre, vacío después del trabajo, entonces me ducho, me perfumo y me pongo la ropa limpia de pasear y salgo a las calles de Mahón buscando no sé qué, quizás ese hada que todos los chicos (también los de 35 años) tenemos en la cabeza desde siempre, desde que nos hicimos lo bastante mayores como para darnos cuenta de que a nuestra mamá se le cayó el polvo de estrellas, perdió su varita mágica y su pelo ya no es dorado ni tan siquiera castaño como el de aquellas brujitas buenas de los cuentos.
Salgo a la noche de Mahón también buscando un amigo con quien romper el silencio de todo un día de trabajo a solas, para matar ese rato que se hace tan largo entre el atardecer y la hora de dormir. Pero ni encuentro al hada ni al amigo y ese rato no lo mato, sólo se queda mal herido
Pero anoche sí encontré algo. En el alfeizar de una ventana, en una calle medio a oscuras, hallé una paloma, una paloma muerta. La cogí y me la llevé al hostal. Tenía la esperanza de que aún viviera, porque al buscarla en el coche para llevarla a mi habitación, no estaba en su sitio. Tanteé a ciegas y la encontré en la parte delantera del coche. Seguía sin vida, seguramente en algún frenazo había ido a parar allí.
La subí discretamente a mi habitación aunque no sabía que hacer con aquel cadáver. Estuve observándolo largo rato, tenía los ojos entreabiertos y aún estaba caliente. No había rastro de sangre ni huella alguna de perdigonada. Su plumaje era suave de color gris, blanco y negro con reflejos azulados y violetas en el pescuezo. Yo la seguía mirando allí tendida sobre la mesa y nada parecía indicar que ese cuerpo fuera a volver a la vida. Finalmente la volví a tocar, ya estaba fría y su cuerpo más rígido. Al enderezarla, su cabeza, como si fuera la de una muñeca de trapo, caía pesada a uno u otro lado. Costaba trabajo abrirle las alas y sus patas rojas de uñas oscuras se encogían como las piernitas de los fetos que vemos en las ilustraciones de algunos libros.
Después de todo esto, envolví la paloma en hojas de periódico, con exquisito cuidado y la dejé en el armario, cerrando la puerta. Por la mañana ya pensaría lo que hacer con ese conjunto de plumas con azul y violeta en el cuello. Pero algo en mí se resistía a creer que ese animal tan hermoso, tan lleno de vida hacía unas horas que en algún parque cabeceaba mecánicamente buscando algún grano, que esa paloma de mi armario, estuviese muerta y nunca volviese a volar.
Y así imaginé que me dormía y que al rato, cuando ya tenía cogido el sueño, me despertaba un ruido inusual. Imaginé que, dormido como estaba, trataba en sueños de identificar ese sonido, qué lo producía y si era en el interior o exterior de la habitación. Una vez me percataba de que era dentro, antes de preguntarme qué lo producía, intenté orientarme en la oscuridad. El ruido venía de mi derecha y pensando que a mi derecha sólo estaba el armario, supe inmediatamente, más despejado ya, que ese ruido lo producían las alas de la paloma al chocar con las paredes interiores del armario en que estaba encerrada. Llevaba yo razón, la paloma vivía. Antes sólo parcía dormida y ahora estaba allí en mi armario buscando una salida y un cielo donde volar.
Pero esto sólo lo imaginé antes de dormirme, porque lo cierto era que yo sabía que la paloma estaba muerta, envuelta en hojas de periódico y que jamás volvería a volar. Entonces me dormí de verdad y soñé este cuento que ahora te regalo por tu 9º cumpleaños.
Cuento
(Esta será la segunda parte del relato que espero no tardar tantos años en escribir)
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