Dormí en tus pálidos labios un segundo.
Sentí el frío marmóreo de tu muerte.
En mi garganta un lamento...
y en mis ojos el mar, escapándose.
Recorriendo ardiente mis mejillas.
Buscando las tuyas.
Miré dentro de mí buscando el alma
y la encontré, asustada,
en el hueco nocturno de mi boca.
Queriendo salir.
Tratando, sin duda,
de penetrar en tu cuerpo de piedra,
de cera fría.
Te hubiese querido desnudo
para poder calentarte con mi cuerpo.
Para devolverte la vida con mis besos…
Solo un roce de mi escote con tu pecho,
en aquel salón vacío,
en medio del último estremecimiento,
caí en la náusea de lo cierto.
Te llamé a gritos
pero no viniste.
Solo unas manos calientes
me arrancaron de tu cuerpo vacío.
Volví a la oscuridad de mi boca
sin atreverme a salir.
Fuera hacía tanto frío…
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