"Un camino en la niebla" (novela, segundo fragmemto)
Artículos / El rincón del poeta
Fecha: 23 May 2006 - 04:09 PM
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Elena se miró al espejo, y volvió a echar una ojeada al armario, llevaba casi una hora dudando entre un vestido o unos pantalones y una blusa.
.Al final se había decidido por el vestido. Era de color marfil, entallado, con una cremallera detrás y escote barco, que dejaba los hombros al descubierto. No hacía frío pero cogería una chaqueta. Se recogió el pelo con las manos y se miró de nuevo, nunca se pintaba los ojos, pero tal vez un poco de rímel destacarían más sus pestañas rubias y sus ojos azules. Se pintó los labios y optó por dejarse el cabello suelto. Tal vez debería ir a la peluquería y hacerse un corte nuevo. Volvió a revisar la ropa que tenía en el armario. ¿Cuánto hacía que no se compraba nada?
Su corazón latía apresuradamente cuando salió a la calle y se dirigió al estudio de Germán. "¿Qué estás haciendo,Elena?, ¿Hacia dónde vas? ¿Otra vez vas a emprender el vuelo? ¡Aterriza de una vez!". Pero sus pies seguían uno tras otro hacia el encuentro con el pintor. No quería oír la voz que le obligaba a permanecer en el suelo, aferrada a la realidad, por mucho que le doliese estrellarse de nuevo, necesitaba volar, volar de nuevo hacia un sueño. Porque sólo los sueños hacen posible seguir viviendo.
Estaban a mediados de noviembre pero el sol calentaba todavía, aquel otoño estaba siendo muy benévolo y no se resignaba a dar paso definitivamente al frío. Las hojas que todavía quedaban en los árboles espejeaban al sol en multicolores tonos tostados y ocres. Algunas hojas secas crujieron bajo sus zapatos con un sonido alegre y chispeante. El cielo era de un azul intenso, luminoso. Dos palomas revoloteaban juguetonas sobre uno de los bancos de la alameda. Atrás quedaban "cumbres borrascosas" y sus lienzos de paisajes melancólicos.
Había llegado hasta la antigua fachada del edificio, la vieja puerta de madera chirrió sobre sus goznes. Se detuvo contemplando la ancha escalera de mármol de macael iluminada por el haz de luz que venía de la calle. Subió los peldaños despacio, deslizando su mano por la barandilla de nogal y recordando su tacto suave. Aspiró aquel olor conocido a humedad y a piedra que desprendía el viejo inmueble. Con mano temblorosa tocó el timbre. Escuchó los pasos de él acercándose y el sonido de la cerradura abriéndose.
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