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"Un camino en la niebla" (novela, fragmemto)

Artículos / El rincón del poeta
Fecha: 17 May 2006 - 11:31 PM
Dicen que mientras esperas al hombre de tu vida, te casas. Elena había llegado a la conclusión de que no existe "el hombre de tu vida",

ese príncipe en el que creía de pequeña cuando leía los cuentos de hadas y de princesas. Ese cuento que acababa cuando "se casaron y fueron felices", en lugar de "se casaron y se acabó la felicidad". Tal vez sí, tal vez había matrimonios felices pero, últimamente, se había vuelto muy escéptica, ya no creía en la convivencia entre un hombre y una mujer.

Estaba sentada sobre una de las rocas que había al lado de la playa. Ernesto había vuelto para comer y de nuevo el silencio y el ambiente electrizante había impregnado el aire enrarecido y cortante de aquella casa. Después él se sentó frente al ordenador, los niños se pusieron a jugar con la consola, y ella, que no se había atrevido a sacar de nuevo el tema, salió de casa y bajó a la playa, a aquel lugar escondido entre las rocas, resguardado y protegido de la brisa. Allí, en aquel mismo lugar había mirado el mar con Germán, mientras le cogía las manos y la abrazaba. Recordaba el calor de su cuerpo junto a ella y su mano en su espalda y sus labios besándola con ternura.

Hacía un poco de frío y la brisa empezaba a colarse por dentro del jersey de lana. Elena cruzó los brazos y agachó la cabeza para mirar la arena que bajo sus pies, enfundados en sus botas, se deslizaba rápida impulsada por el viento. A Ernesto no le gustaba que bajase sola a la playa, siempre pensaba que podía pasarle algo, no le gustaba que fuese sola a ningún sitio, era tan desmedidamente protector como lo fue su padre. Pero a ella le hechizaba aquel lugar, escondido, protegido, donde se encontraba a solas con el mar, con sus pensamientos, pero menos sola que en casa, con su marido, con aquella soledad que había entre ellos y que la estaba destrozando desde hacía tanto tiempo.

Sabía que no podía seguir así, que no podía seguir escondiendo la cabeza bajo la arena, que no podía seguir callando eternamente. Su mano cogió un puñado de arena y observó cómo se deslizaba entre sus dedos igual que se escapaban los minutos de su existencia junto a un hombre que no la comprendía. Su melena larga y ondulada, de un tono leonado brilló con los débiles rayos de sol de la tarde, cayendo como una cascada sobre su cara. Pronto el sol se escondería presuroso entre aquellas nubes color malva y ella volvería a casa, a preparar la cena, y volvería a su habitación y a la frialdad de aquellas sábanas y de un lecho compartido y... de nuevo a la soledad, aquella inmensa soledad. Sintió las lágrimas descendiendo por sus mejillas y helándose con el frío, y no hizo nada por detenerlas, las dejó correr hasta sus labios, y sintió su sabor salado entrar por su boca. Con frecuencia se sentía invadida por una tristeza que la sumergía en sus aguas sin que ella hiciese ningún esfuerzo por liberarse, y sus ojos eran incapaces de retener las lágrimas, que se escapaban sin razón aparente buscando un poco de libertad, la que ella nunca supo conseguir. Volvió la mirada al mar a través de aquella cortina vidriosa. Dejó pasar los segundos y los minutos antes de volver a casa, siempre pensaba que el tiempo lo arreglaría todo, pero el tiempo se va para siempre y no vuelve.

- ¿Sigues mezclando las lágrimas con esencia de trementina?

Elena se sobresaltó y alzó la cabeza. Él estaba allí. Había vuelto.



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