a veces...solo a veces

el destruyo parte de la razonA veces me pregunte porque el me destruyo una parte de la razón
lo busque y nunca imagine que estaría sin su voz
Miraba hacia lo alto y el engaño
me atrapo con una duda incansable
No sabía como empezar
Miraba y pedía fuerzas para despertar
La lucha me agotaba y todo a mi alrededor era diferente
Los miraba y eran mi razón pero a veces necesitaba una caricia de amor
Frente al mundo tenía que ser fuerte para no ser dañada otra vez, mis pies descalzos
Entraban en una duda y mis ojos cerrados quedaron y se humedecían
Había tanto que decir
Había tanto que recorrer
Y aun no entendí cuando su voz me pidió que termináramos con lo que un día nos unió
fue difícil entender que ya no habría ni espacio ni tiempo para volver
solo Dios quedaría como testigo de nuestro amor
había que comenzar sin ti aunque me negué el quererte otra vez
sabia que en mi estaba el amor profundo de lo que ya no existía
adiós con un poco de dolor
adiós con todo mi amor
ya sin rencor hable solo con el desamor
 


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Imagen de diamantina

El enfermito

 

La Ligia tuvo un parto normal.  El embarazo había transcurrido sin contratiempos y, llegado el término, la ruptura de la fuente ocurrió a las seis de la mañana y cuatro horas después ya había nacido Antonio.  Por san Antonio de Padua, dijo ella, 'porque mi santito siempre me cumple los milagros' aunque el único que le había pedido rezándole novenas y poniendo la imagen envuelta y  cabeza abajo era el de conseguir novio y casarse.  Se había casado con Lorenzo a los treinticinco años cuando ya  los vecinos y conocidos aseguraban que 'la había dejado el tren', 'que se había quedado para vestir santos'.
 
Antonio era una sorpresa. Eran los años sesenta, tiempos en que no se podía predecir el sexo de los  niños, pero varias  mujeres le aseguraron que por la forma de la barriga sería una niña.  Así que con mucha ilusión la Ligia tejió, bordó, cosió ropita predominantemente rosada, según la costumbre.  Pero 'a última hora el papa tuvo que conseguir ropita celeste y amarilla, qué vaina, ¿no?, con todo lo que había gastado, sin embargo no importa cualquier sacrificio si de un parto normal resulta un hijo normal', comentó ella después.
 
Antonio iba creciendo. En tamaño y en sorpresas. Su cabeza alcanzaba un desarrollo atípico, más grande de lo que cabía esperarse en las distintas etapas de su crecimiento.  A los tres años lo que más atraía la atención de él eran sus ojos vivaces, brillantes, móviles. Parecía comprender todo pero no emitía sonidos. Por los movimientos de los ojos se apreciaba que lograba oir, los médicos habían revisado su lengua y nada especial llamaba su atención.  A los cuatro años era imposible ponerlo a aprender las primeras letras. A los cinco aún no hablaba ni caminaba.  Su madre, desalentada, habiendo consultado a una gran variedad de médicos sin que hubiese un criterio único de lo que se trataba lo tenía la mayoría del tiempo en una silla de ruedas.  Para distraerlo lo instalaba por las tardes, a las cuatro,  en el porche para que se distrajese viendo a los transeúntes pasar.
 
Estaba Antonio en una de esas tardes cuando de sus labios su madre oyó decir.  Mama, vení.  A punto de desmayarse corrió llegando al colmo del paroxismo cuando él siguió hablando.  Mama,  esa mujer que va allí  pasa todas las tardes para la iglesia.  Para entonces el niño ya era conocido por la mayoría que lo había visto como 'el enfermito'. 'Eso le pasa a la Ligia por haber tenido a ese hijo ya vieja', 'por haberse casado con ese bolo que no hay fin de semana o día de fiesta que no se emborrache'... Y aconsejaban a las jóvenes que cuidado iban a tener hijos habiendo sobrepasado los treinta años.
 
Corrió el rumor que 'el enfermito' había hablado.  Y a partir de entonces, varias personas se apostaban a esperar que dijese algo.  Pasaron varios días y el mutismo del niño no desanimaba a sus contempladores.  Un día dijo que la lotería caería en un número que alguien logró anotar consiguiendo lápiz y papel de alguna manera. La persona buscó el número por diversos sectores de Managua y ¡vaya!, obtuvo el premio mayor.
 
Grandes cantidades de personas se arremolinaban esperando que la Ligia instalara a Antonio en el porche.  Ella quería dejar la costumbre pero si pasaba unos tres minutos sin hacerlo el murmullo de protesta se volvía ensordecedor.  Y ante tanta gente fue necesario recurrir a la fuerza pública para que no se obstaculizase el paso por la calle.
 
Antonio parecía no enterarse de cuanto ocurría a su alrededor.  Entornaba ligeramente los ojos y se aislaba del mundo exterior.  De vez en cuando estornudaba y la masa de gentes cobraba vida, se movían queriendo verlo quienes no alcanzaban a hacerlo.  Esperaban que saliera del mutismo y dijera algo sobre números de lotería.  Algunos impacientes se atrevían a gritar 'en qué va a caer la lotería'.  Y pasaban los días y la afluencia de personas no disminuía, todo lo contrario.  Los vendedores de helados y refrescos 'hacían su agosto' y pensaban en la buena suerte -y el calor- que les permitía vender grandes cantidades de sus productos.
 
 Todo el funcionamiento de la casa se había trastornado y Ligia estaba al borde de la extenuación. Tranquila, mama, dijo el niño.  'Todo ésto no va a durar mucho. Pronto vas a descansar porque ya mi vasito de vida está por agotarse'. El corazón de la Ligia se sintió atenazado pero agradablemente sorprendida. ¡ Su niño del alma le había hablado! 'No digás esas cosas, mi tesoro, vos sos mi vida, la alegría de mi existencia, qué va a ser de mí, por favor no me torturés, vas a ver que vas a vivir muchos años para mi alegría'
 
Pocos días después en una de las tardes en que en que muchas personas del grupo peleaban y discutían para estar los primeros en las filas Antonio habló. 'Usted señora, la de vestido azul con flores rojas, es mejor que deje de engañar a su marido porque si él se entera su amante se verá en serios aprietos y usted misma también.  Y usted, señor, de la camisa de cuadros verdes, va a  descubrirse que mató a su cuñado'.  Las personas aludidas salieron rápidamente del grupo y se marcharon tratando de esconder el rostro.  Los de atrás querían saber lo que se había dicho pues no alcanzaban  a oir.  Cuando todos se enteraron de lo que ocurría sólo unos cuantos, como una cuarta parte, se atrevió a continuar esperando oir lo que el niño quisiera decir. Pero él se encerró nuevamente en su mundo interior completamente ajeno a lo que ocurría en el exterior.
 
Al día siguiente el grupo había disminuido considerablemente. La madre sacó al hijo media hora más tarde y no se oyeron protestas.  Tampoco se oían muchas voces. Los subsiguientes días llegaban menos personas y cada vez más tarde.  A las dos de la tarde empezaban a llegar y se retiraban a las seis cuando la Ligia retiraba al niño para darle de cenar.
 
'Mama, ya voy a cumplir siete años. Por mi cumpleaños regalame un viaje al lago de Granada, quiero pasear en lancha' 'Cómo no, mi tesoro, mi consentido del alma',  contestó ella mientras trataba de entender cómo sabía él la existencia del lago y de los paseos en lancha. 'Qué importa cómo lo sabe, lo importante es que empieza a vivir, que está saliendo de esa postración', analizaba.  'Mama, siento que allá está un pájaro blanco que me dice vení, vení, vení.  Y yo quiero ir. Cuánta tranquilidad y belleza hay allí, es un paraíso con tanta agua dulce y todas esas isletas'
 
Asustada y a la vez contenta la madre programó el viaje al que se sumó Lorenzo. Mientras la lancha avanzaba hacia las isletas gran cantidad de garzas alzaba vuelo, bajando o subiendo los árboles de la ribera.  El niño manifestaba un gozo inusitado.  Reía y lloraba feliz.' Uno de esos pájaros me está llamando'  y la madre al escucharlo lloraba silenciosamente tratando de disimular las lágrimas.  Sentía como si dos enormes manos le apretujaran el corazón. La lancha discurría entre dos isletas. 'Mama, dame la mano'.  Amorosamente la madre extendió la mano. Él la tomo, le dio un beso y la colocó sobre su pecho. 'Mama, no llorés ni sufrás, mi vasito de vida se me está acabando en este momento. Cuidate y viví tu vida tranquila, yo voy a estar bien, y vos, papa, ya dejá de beber guaro, no martiricés a mi mama'.
 
Antonio reía y gruesas lágrimas bañaban su rostro. ' Allí está el pájaro que me está llamando...' .Extendió el brazo señalando a un grupo de garzas que posaba en un árbol y en ese instante alzaba vuelo. Una de las garzas se separó del grupo y hacía piruetas como si danzara en el aire.Y mientras miraba que las aves remontaban los aires, la Ligia sintió que el corazón de su hijo se quedaba quietecito. A lo lejos, la garza danzarina, como si un rayo la fulminase se precipitó sobre las aguas formando círculos concéntricos.

Melba Reyes Altamirano
Managua, Nicaragua

 
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