Anhelando la muerte

Deseando que llegue mi último suspiro escribo, e intento recordar, vanamente en la lejanía, un sentimiento olvidado ya para este cuerpo castigado y sufridor del peor de los horrores. Hace siglos que mi alma no respira; ni vida ni muerte siente. Solo existo. Fortunas me rodean, inalcanzables para mí, ya no aspiro a ellas, ni riquezas ni poder, ahora solo ansío perder los sentidos y huir de mi tormento. Cuántas veces me habré maldecido por la cobardía que aquella noche me invadió y ahogó mis palabras arrastrándome hasta esta muerte del vivir. Sabía que aquella joven fue juzgada sin motivo alguno, sabía que era inocente de cualquier crimen pero también sabía que si hablaba en su favor me quemarían con ella y mi poder y mis posesiones pasarían a mano de aquellos que anhelan mi dolor. Así que decidí silenciar mis intenciones y condené a la joven a la purificación de su alma.
Los ojos de la muchacha fijamente en mi posaban mientras las llamas devoraban su blanca piel. Pese a su horrible dolor no gritaba, tan solo caían sobre su mejilla llantos de rabia y venganza. Creí ver como lloró sangre oscura, negra, llena de odio hacia aquellos que le habían arrebatado su juventud. Poco a poco el fuego se apagó y en el lugar de la hermosa joven de cabello largo y oscuro como una noche sin luna, solo había un trozo de carne destrozada y mutilada. Aquella noche, fui testigo de su fin y de la maldición que en mí cayó.
Desde aquella terrible noche no he logrado dormir. Cuando apunto estoy los ojos negros de la joven se me aparecen y un mundo de sombras aparece entorno a mí. Sombras que ni de día ni de noche amainan.
En la oscuridad me persigue el alma a la que di fin. Con espantosos susurros me persigue y me habla, pocas palabras logro distinguir, palabras que me arropan en el silencio que invade mi ser. Mi única compañía son ellas, las palabras y la narradora. Arrastro un cansancio tan pesado que ha chafado mis pulmones y en ellos ya no entra el aire. La locura me sostiene y me ayuda a pasar los días de desolación.
En vano he intentado darme muerte y descanso pero después he despertado. Cada noche intento morir pero abro los ojos a la mañana siguiente con más dolor en mi interior.
Las heridas no curan, ya no recuerdo el tacto cálido de la sangre al brotar de mi interior tras una herida.
Camino sin cesar por las calles de mi ciudad, deambulando sin rumbo entre la gente.
Soy un alma en pena buscando un rayo de luz.
Ando, a veces solo, a veces de la mano de aquella joven cuyo rostro gravado está en mi pecho.
Creo que desde hace mucho tiempo, ya no recuerdo cuanto ha pasado, mi vida ha dejado de existir.
Los segundos días me parecen, los minutos meses son para mí, las horas años que con amargura y lentitud transcurren.
No ceso de andar, pienso que quizá cuando mi cuerpo ya no pueda más caerá desplomado al suelo y al fin podré reposar.
Celoso de los muertos, que en paz descansan, estoy. Guiado por mi celosía llego a paso meditabundo al cementerio de mi ciudad. Paseando entre las lápidas maldigo una y otra vez esas almas que de mi se burlan sirviéndose de mi desgracia. Amigos, vecinos y familiares en ellas reposaban. Llegaron a mi memoria olvidada aquellos nombres por los que un día habría dado la vida, ahora la daría por cualquiera. Cansado de deambular entre tumbas caí sobre una. Creí que al fin moría pero a la mañana siguiente desperté con más sufrimiento que con el que me acosté. La lápida era fría y levanté mi cuerpo para no pasar frío. La tumba tenía nombre y apellidos. Y epitafio que con trazo de fuego decía: “pobre alma de aquel que otra arrebata, sin descanso sus días caerán. Descansa aquí el cuerpo sin vida que aviva su tormento”.
Caí sobre la lápida y lloré. Lloré durante mucho tiempo, hasta que no quedaron más lágrimas para llorar.
 


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