Una más.

Transito por un centro comercial y agobiada por el intenso calor managüense, me refugio en un pequeño bar. Estoy en un sitio cercano a la puerta desde donde observo a mi gusto a buena parte de los transeúntes, hormiguitas que ambulan y deambulan, unos con bolsas multicolores con compras recién hechas, otros acompañados de niños paladeando los helados que vende el pequeño negocio de enfrente.


Mientras saboreo un refresco de mango muy frío, alterno mis miradas hacia los juegos infantiles instalados al lado de la heladería. Tres niños están en los resbaladeros y dos niñas se columpian... De repente, olfateo un delicioso perfume que me resulta muy conocido. Es la fragancia favorita de mi hija Cristina. Volteo a mirar y quien lo exhala

es una jovencita ataviada con finas ropas deportivas que entra al bar. Alcanzo a ver el rostro, más bien la cabeza, porque su cara está parcialmente cubierta por unos enormes anteojos muy oscuros. No obstante éstos, aprecio que se trata de una jovencita de facciones finas y bellas. Recorre un poco el local hasta que se decide a sentarse de frente a la puerta de entrada.

Ya he terminado mi refresco pero continúo observando el movimiento de la gente. Siento pereza de levantarme y seguir caminando. En el centro de la placita está una fuente y el fluir del agua me refresca el alma y abre mi cofrecito de recuerdos infantiles. ¡Qué deliciosos el agua de los arroyos y la sombra de los árboles en mis recorridos por el norte segoviano! Me sustraigo un poco de las refrescantes rememoraciones y volteo hacia la jovencita. Me he percatado que repetidas veces observa el reloj que está en el local y el que lleva en la muñeca. Sí, son lágrimas las que se deslizan bajo los lentes y las deja correr libremente como cascada. Está inmóvil, viendo sus manos como si en la punta de sus dedos estuviese la respuesta a sus angustias. Quizá, pienso, ella prefiera no ser interrumpida, pero es posible que necesite o acepte alguna ayuda.

Opto por acercarme. Disculpá la interrupción, me escucho decir, me gustaría ayudarte en alguna manera y vos sos la indicada para orientarme cómo. Cuando entraste me has recordado a mi hija y siento que debo ayudarte en la medida de mis posibilidades... Ella levanta la cabeza y expresa que nadie puede ayudarla. Si sus padres no la aceptan en su casa, ¿a quién puede importarle? Ante mi expresión alarmada me indica que puedo sentarme y ante mi mirada inquisitiva me cuenta que muy ilusionada ante las diversas manifestaciones de cariño de su novio aceptó ir a convivir con él desde hace dos años. -Yo estudiaba abogacía en la UCA- dice- y solo pude continuar una semana porque él me recriminaba frecuentemente que yo a lo que iba era a ver muchachos, que para qué estudios si él me iba a mantener. Dejé de ver a mis amigas, no puedo ni maquillarme debido a sus celos La primera vez que me golpeó hace como año y medio fue porque le reclamé que cómo él sí salía y regresaba hasta por la madrugada, si es que regresaba. He perdido la cuenta de las veces que me ha golpeado siempre en la cara. Ahorita por ejemplo, -continúa tras quitarse y volverse a poner los lentes,- logro observar severas inflamaciones en los contornos de los ojos y muy enrojecidos éstos-, estoy así porque hace tres días me golpeó. Se enfureció porque le dije que me comprara ropa -esta que llevo me la dio hoy una amiga, hasta el perfume. Donde ella estuve después que recurrí a mis padres y ellos se negaron a acogerme, siguen disgustados porque desperdicié la oportunidad de estudiar que ellos me daban. Pero mi amiga no puede apoyarme más, sus padres le dicen que soy un mal ejemplo y que no pueden gastar en la manutención de alguien que ni les va ni les viene. Pero volviendo a la furia de Luis Miguel, así se llama, me dijo que yo ni a mujer llegaba porque en este tiempo no he quedado embarazada y que ya otra le va dar un hijo.

Las lágrimas siguen cayendo libremente y ya la blusa en la región del pecho está mojada. Estoy sobrecogida y sin saber qué decir por el momento me levanto a pedir para ella un refresco. Ella lo bebe apresuradamente y le pregunto si quiere comer algo . Sí, dice, y una vez consumido un emparedado y otro refresco, sigue hablando, la verdad es que a escondidas tomo pastillas anticonceptivas que consigo en el centro de salud porque ni comprarlas podría. Soy muy cuidadosa en tomarlas y en evitar que me descubra, pero no sé por cuánto tiempo lograré seguir haciéndolo. Como no tengo donde vivir lo llamé para que venga a buscarme, ya se está tardando pero qué me queda, dice sacudiendo la cabeza. Las lágrimas han dejado de fluir. Saca un pañuelo y se limpia. También se sacude con fuerza la nariz. Quitándose brevemente los lentes me agradece por escucharla pero que es mejor que me retire porque si Luis Miguel ve que ha estado conversando se va a molestar.

Me asusta que aún existan esos niveles de machismo y de dependencia. La cuestiono por no recurrir a la Comisaría de la Mujer y me ofrezco a acompañarla para que presente la denuncia. - ¡Ni quiera Dios!, casi grita. Si yo le hago éso me mata después. No, no, señora. Y es mejor que me deje sola porque si él viene y la mira me va a preguntar de qué estábamos hablando. Me siento anonadada. Le digo en tono suplicante, por favor, tomá mi tarjeta con mi dirección y mi teléfono. No dudés en buscarme cuando querrás hacer la denuncia, esta vez o si vuelve a golpearte, o por alguna ayuda que esté a mi alcance proporcionarte. No lo olvidés, le digo en tono enfático y me dispongo a salir. Pero antes, quiero retornar a mi sitio original, tengo curiosidad por conocer al sujeto.

Pasan varios minutos. Mientras, como algo y tomo otro refresco. Son otros niños los que están en los juegos. El ir y venir de las personas parece el mismo. A mí la tranquilidad se me ha ido por algún agujerito de no sé qué parte de mi cabeza. Siento una tristeza repetida de ya no sé cuántas historias repetidas escuchadas a lo largo de mi vida. A la vez, siento coraje. Qué pasa con estas mujeres que no reaccionan y le ponen freno a estos atropellos, pienso.

 

.De pronto entra un joven de aspecto común y corriente, quien lógicamente es Luis Miguel porque la joven de los grandes lentes oscuros ha caminado hacia él. Tomo mi bolso y rodeando las sillas alcanzo la salida. A través del vidrio de la puerta lanzo una mirada y lo que observo es un apasionado beso de la pareja. Melba